jueves, 26 de marzo de 2026

 

DOMINGO DE RAMOS - CICLO A

Domingo 29 de marzo de 2026

 

 CONMEMORACIÓN DE LA ENTRADA DEL SEÑOR EN JERUSALÉN

EVANGELIO:

"Bendito el que viene en nombre del Señor” (Mateo 21, 1-11)

+  Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

Cuando se acercaban a Jerusalén y llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo, contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sion: “Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino, hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡“Hosanna” al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡“Hosanna” en las alturas!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea».

Palabra del Señor.

 

MISA

PRIMERA LECTURA:

"No escondí el rostro ante ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado” (Isaías 50, 4-7)

 

Lectura del libro de Isaías.

El Señor Dios me ha dado una lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor Dios me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro ante ultrajes y salivazos. El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría defraudado.

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Salmo 21)

R.  Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

V.  Al verme, se burlan de mí, hacen visajes, menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto lo quiere». /R

V.  Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis huesos /R. 

V.  Se reparten mi ropa, echan a suerte mi túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a ayudarme. R.  Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

V.  Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de la asamblea te alabaré. «Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob, glorificadlo; temedlo, linaje de Israel». /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"Se humilló a sí mismo; por eso Dios lo exaltó sobre todo” (Filipenses 2, 6-11)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

Cristo Jesús, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así, reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Palabra de Dios.

CANTO

V.  Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.

CANTO

 

EVANGELIO:

"Pasión de nuestro Señor Jesucristo” (Mateo 26,14-27,66)

C.  En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:

S.  «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo entrego?».

C.  Ellos se ajustaron con él en treinta monedas de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.

¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?

C.  El primer día de los Ácimos se acercaron los discípulos a Jesús y le preguntaron:

S.  «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de Pascua?».

C.  Él contestó:

+ «Id a la ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».

C.  Los discípulos cumplieron las instrucciones de Jesús y prepararon la Pascua.

Uno de vosotros me va a entregar

C.  Al atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:

+ «En verdad os digo que uno de vosotros me va a entregar».

C.  Ellos, muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:

S.  «¿Soy yo acaso, Señor?».

C.  Él respondió:

+ «El que ha metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».

C.  Entonces preguntó Judas, el que lo iba a entregar:

S.  «¿Soy yo acaso, Maestro?».

C.  Él respondió:

+ «Tú lo has dicho».

C.  Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:

+ «Tomad, comed: esto es mi cuerpo».

C.  Después tomó el cáliz, pronunció la acción de gracias y dijo:

+ «Bebed todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi Padre».

C.  Después de cantar el himno salieron para el monte de los Olivos.

C.  Entonces Jesús les dijo:

+ «Esta noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré delante de vosotros a Galilea».

C.  Pedro replicó:

S.  «Aunque todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».

C.  Jesús le dijo:

+ «En verdad te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».

C.  Pedro le replicó:

S.  «Aunque tenga que morir contigo, no te negaré».

C.  Y lo mismo decían los demás discípulos.

C.  Entonces Jesús fue con ellos a un huerto, llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:

+ «Sentaos aquí, mientras voy allá a orar».

C.  Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.

Entonces les dijo:

+ «Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».

C.  Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra y oraba diciendo:

+ «Padre mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero, sino como quieres tú».

C.  Y volvió a los discípulos y los encontró dormidos.

Dijo a Pedro:

+ «¿No habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».

C.  De nuevo se apartó por segunda vez y oraba diciendo:

+ «Padre mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».

C.  Y viniendo otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño. Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.

Volvió a los discípulos, los encontró dormidos y les dijo:

+ «Ya podéis dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me entrega».

C.  Todavía estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:

S.  «Al que yo bese, ese es: prendedlo».

C.  Después se acercó a Jesús y le dijo:

S.  «¡Salve, Maestro!».

C.  Y lo besó. Pero Jesús le contestó:

+ «Amigo, ¿a qué vienes?».

C.  Entonces se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado del sumo sacerdote.

Jesús le dijo:

+ «Envaina la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene que pasar?».

C.  Entonces dijo Jesús a la gente:

+ «¿Habéis salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».

C.  En aquel momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.

C.  Los que prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para ver cómo terminaba aquello.

Los sumos sacerdotes y el Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:

S.  «Este ha dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».

C.  El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:

S.  «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son estos cargos que presentan contra ti?».

C.  Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le dijo:

S.  «Te conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de Dios».

C.  Jesús le respondió:

+ «Tú lo has dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».

C.  Entonces el sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:

S.  «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».

C.  Y ellos contestaron:

S.  «Es reo de muerte».

C.  Entonces le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:

S.  «Haz de profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».

Antes de que cante el gallo me negarás tres veces

C.  Pedro estaba sentado fuera en el patio y se le acercó una criada y le dijo:

S.  «También tú estabas con Jesús el Galileo».

C.  Él lo negó delante de todos diciendo:

S.  «No sé qué quieres decir».

C.  Y al salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:

S.  «Este estaba con Jesús el Nazareno».

C.  Otra vez negó él con juramento:

S.  «No conozco a ese hombre».

C.  Poco después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:

S.  «Seguro; tú también eres de ellos, tu acento te delata».

C.  Entonces él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:

S.  «No conozco a ese hombre».

C.  Y enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró amargamente.

C.  Al hacerse de día, todos los sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el gobernador.

C.  Entonces Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:

S.  He pecado entregando sangre inocente».

C.  Pero ellos dijeron:

S.  «¿A nosotros qué? ¡Allá tú!».

C.  Él, arrojando las monedas de plata en el templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de plata, dijeron:

S.  «No es lícito echarlas en el arca de las ofrendas porque son precio de sangre».

C.  Y, después de discutirlo, compraron con ellas el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta Jeremías:

«Y tomaron las treinta monedas de plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor». ¿Eres tú el rey de los judíos?

C.  Jesús fue llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:

S.  «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C.  Jesús respondió:

+ «Tú lo dices».

C.  Y mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada. Entonces Pilato le preguntó:

S.  «¿No oyes cuántos cargos presentan contra ti?».

C.  Como no contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo Pilato:

S.  «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o a Jesús, a quien llaman el Mesías?».

C.  Pues sabía que se lo habían entregado por envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:

S.  «No te metas con ese justo porque esta noche he sufrido mucho soñando con él».

C.  Pero los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús.

El gobernador preguntó:

S.  «¿A cuál de los dos queréis que os suelte?».

C.  Ellos dijeron:

S.  «A Barrabás».

C.  Pilato les preguntó:

S.  «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».

C.  Contestaron todos:

S.  «Sea crucificado».

C.  Pilato insistió:

S.  «Pues, ¿qué mal ha hecho?».

C.  Pero ellos gritaban más fuerte:

S.  «¡Sea crucificado!».

C.  Al ver Pilato que todo era inútil y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las manos ante la gente, diciendo:

S.  «Soy inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».

C.  Todo el pueblo contestó:

S.  «¡Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».

C.  Entonces les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo crucificaran.

C.  Entonces los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se burlaban de él diciendo:

S.  «¡Salve, rey de los judíos!».

C.  Luego le escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.

C.  Al salir, encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su cruz.

Cuando llegaron al lugar llamado Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo, se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo. Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro a la izquierda.

C.  Los que pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían:

S.  «Tú que destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja de la cruz».

C.  Igualmente los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también diciendo:

S.  A otros ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo: “Soy Hijo de Dios”».

C.  De la misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.

C.  Desde la hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la hora nona, Jesús gritó con voz potente:

+ «Elí, Elí, lemá sabaqtaní?».

C.  (Es decir:

+ «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).

C.  Al oírlo algunos de los que estaban allí dijeron:

S.  «Está llamando a Elías».

C.  Enseguida uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y, sujetándola en una caña, le dio de beber.

S.  «Déjalo, a ver si viene Elías a salvarlo».

C.  Jesús, gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.

·        Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C.  Entonces el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.

S.  «Verdaderamente este era Hijo de Dios».

C.  Había allí muchas mujeres que miraban desde lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de los hijos de Zebedeo.

C.  Al anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.

María la Magdalena y la otra María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.

Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis

C.  A la mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:

S.  «Señor, nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día, no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la primera».

C.  Pilato contestó:

S.  «Ahí tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».

C.  Ellos aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.

Palabra del Señor.

LA PASIÓN SE DESATA

VER. -

Desde el inicio de la Cuaresma hemos visto que el deseo y la pasión son dos emociones muy fuertes y constitutivas del ser humano pero, lamentablemente, las solemos reducir sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. En realidad, el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo. Pero es cierto que a veces la pasión, en lo que sea, se desata, se convierte en una emoción exaltada y desenfrenada que nos arrastra sin control.

 

JUZGAR. -

También hemos visto que el Señor nos invitaba a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, porque Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz; pero esa pasión de Jesús no se desató en ningún momento, la vivió de un modo plenamente libre y consciente.

Porque cuando la pasión se desata, puede ocurrir lo que hoy hemos escuchado en la Palabra de Dios, tanto en el Evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén como en el relato de la Pasión.

Cuando Jesús se dispone a entrar en Jerusalén, la multitud, enfervorizada, “alfombró el camino con sus mantos, algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: ¡‘Hosanna’ al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡‘Hosanna’ en las alturas!” la pasión por Jesús se ha desatado y arrastra a la gente de un modo arrollador: “Es el profeta Jesús, de Nazaret de Galilea”. Pero, poco después, como también hemos escuchado, esa misma gente se deja manipular en sus sentimientos y se dejarán arrastrar por una pasión contra Jesús: “Los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús… Gritaban más fuerte: ¡Sea crucificado!” Cuando dejamos que el deseo y la pasión se desaten de un modo irreflexivo, lo más probable es que las consecuencias sean negativas, y esto sirve para todas las dimensiones de la vida humana, incluyendo por tanto la dimensión de la fe.

En este sentido, la Comisión para la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal Española, ha publicado recientemente una nota que lleva por título ‘Cor ad cor loquitur’ (El corazón habla al corazón), sobre el papel de las emociones en el acto de fe: «Los sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual. La fe cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni ignorar. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad, en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad. Sin embargo, los sentimientos no pueden determinar toda o casi toda la vida cristiana». Porque, como indica esta Comisión, «en los últimos años se aprecian signos que indican un renacer de la fe cristiana. La Iglesia valora la creatividad de diversas iniciativas de primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado para facilitar a tantas personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. En todos estos métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer ‘impacto’ en la persona. Sin embargo, no son pocos los que han advertido del riesgo de un reduccionismo ‘emotivista’ de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del sentimiento espiritual».

En estos días de Semana Santa, y particularmente en este Domingo de Ramos, es muy fácil que ‘la pasión se desate’, y nos dejemos arrastrar por lo emotivo de la procesión de los ramos; muchas personas sólo acuden hoy al templo para recoger un ramo que haya sido bendecido, porque eso es lo que ‘complace su sentimiento espiritual’. Pero realmente no desean seguir a Jesús y, como hicieron los discípulos, lo abandonan, no sólo durante la Semana Santa, sino todo el resto del año.

 

ACTUAR. –

Vivamos con deseo y pasión nuestra fe, pero sin que esa pasión se desate, como Jesús, en lo que nos ‘complace’ y en lo que nos resulta más difícil. La Semana Santa es como un ‘Primer Anuncio’, la oportunidad para revitalizar nuestro seguimiento, recordando que «el anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que ‘tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en Él no perezca, sino que tenga vida eterna’ (Jn 3, 16). Éste es el gran impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la libertad y ofrece un nuevo sentido a la vida».



viernes, 20 de marzo de 2026

DOMINGO V DE CUARESMA - CICLO A

DOMINGO V DE CUARESMA - CICLO A

22 de marzo de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"Pondré mi Espíritu en vosotros y viviréis” (Ezequiel 37, 12-14)

Lectura de la profecía de Ezequiel.

Esto dice el Señor Dios:

«Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos, pueblo mío,

y os llevaré a la tierra de Israel.

Y cuando abra vuestros sepulcros y os saque de ellos, pueblo mío,

comprenderéis que soy el Señor.

Pondré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestra tierra y comprenderéis que yo, el Señor, lo digo y lo hago -oráculo del Señor-».

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa” (Salmo 129)

R.  Del Señor viene la misericordia, la redención copiosa.

V.  Desde lo hondo a ti grito, Señor; Señor, escucha mi voz; estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica. /R. 

V.  Si llevas cuenta de los delitos, Señor, ¿quién podrá resistir? Pero de ti procede el perdón, y así infundes temor. /R. 

V.  Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. Aguarde Israel al Señor, como el centinela la aurora. /R. 

V.  Porque del Señor viene la misericordia, la redención copiosa; y él redimirá a Israel de todos sus delitos. /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"El Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros” (Romanos 8, 8-11)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos: Los que están en la carne no pueden agradar a Dios. Pero vosotros no estáis en la carne, sino en el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios habita en vosotros; en cambio, si alguien no posee el Espíritu de Cristo no es de Cristo. Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la justicia. Y si el Espíritu del que resucitó a Jesús de entre los muertos habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús también dará vida a vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

Palabra de Dios.

 

Versículo antes del Evangelio

V.  Yo soy la resurrección y la vida —dice el Señor—; el que cree en mí no morirá para siempre.

 

EVANGELIO:

"Yo Soy la Resurrección y la Vida” (Juan 11, 1-45)

En aquel tiempo, había caído enfermo un cierto Lázaro, de Betania, la aldea de María y de Marta, su hermana. María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera; el enfermo era su hermano Lázaro. Las hermanas le mandaron recado a Jesús diciendo: «Señor, el que tú amas está enfermo». Jesús, al oírlo, dijo: «Esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro. Cuando se enteró de que estaba enfermo se quedó todavía dos días donde estaba. Solo entonces dijo a sus discípulos: «Vamos otra vez a Judea». Cuando Jesús llegó, Lázaro llevaba ya cuatro días enterrado. Cuando Marta se enteró de que llegaba Jesús, salió a su encuentro, mientras María se quedó en casa. Y dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano. Pero aún ahora sé que todo lo que pidas a Dios, Dios te lo concederá». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta respondió: «Sé que resucitará en la resurrección en el último día». Jesús le dijo: «Yo soy la resurrección y la vida: el que cree en mí, aunque haya muerto, vivirá; y el que está vivo y cree en mí, no morirá para siempre. ¿Crees esto?». Ella le contestó: «Sí, Señor: yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que tenía que venir al mundo». Jesús se conmovió en su espíritu, se estremeció y preguntó: «¿Dónde lo habéis enterrado?». Le contestaron: «Señor, ven a verlo». Jesús se echó a llorar. Los judíos comentaban: «¡Cómo lo quería!». Pero algunos dijeron: «Y uno que le ha abierto los ojos a un ciego, ¿no podía haber impedido que este muriera?». Jesús, conmovido de nuevo en su interior, llegó a la tumba. Era una cavidad cubierta con una losa. Dijo Jesús: «Quitad la losa». Marta, la hermana del muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal porque lleva cuatro días». Jesús le replicó: «¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?». Entonces quitaron la losa. Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre; pero lo digo por la gente que me rodea, para que crean que tú me has enviado». Y dicho esto, gritó con voz potente: «Lázaro, sal afuera». El muerto salió, los pies y las manos atados con vendas, y la cara envuelta en un sudario. Jesús les dijo: «Desatadlo y dejadlo andar». Y muchos judíos que habían venido a casa de María, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en él.

 

DESEO Y PASIÓN FRUSTRADOS

 

VER. -

Desde que comenzamos la Cuaresma estamos diciendo que el deseo y la pasión son dos fuerzas muy fuertes y constitutivas del ser humano pero que, lamentablemente, las hemos reducido sólo al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas de pecado. Pero el deseo y la pasión deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo. Pero hay veces que ocurre alguna circunstancia que frustra ese deseo y esa pasión, dejándonos una sensación de ira, decepción, tristeza o un profundo vacío.

 

JUZGAR. -

También dijimos que el Señor nos invita a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, ante todo, porque Él, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz. Por eso, nosotros debíamos responder con deseo y pasión a la petición que nos hizo: “Convertíos a mí…”.

Pero a veces también nos afecta alguna circunstancia que frustra nuestro deseo y pasión por seguir a Jesucristo: una enfermedad, una crisis, un problema grave… Y, sobre todo, nos encontramos con lo que es la mayor frustración: la muerte. Ya sea la física, o las ‘situaciones de muerte’ para las que no hay humanamente salida, la muerte es como un muro impenetrable contra el que se estrellan todos nuestros proyectos y deseos. Por eso en muchas personas genera miedo, angustia y desesperanza, y se preguntan qué sentido tiene haber deseado algo o haberse apasionado por ello, si al final ese deseo y esa pasión se van a frustrar, van a desaparecer y a quedar en nada.

Pero, como dijimos al celebrar el Jubileo de la Esperanza: «Nosotros tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria» (Bula, 19). Por eso, ante la frustración de todo deseo y pasión que supone la muerte, debemos dejar que resuenen en nosotros las palabras que hemos escuchado en la 1ª lectura: “Yo mismo abriré vuestros sepulcros, y os sacaré de ellos. Y comprenderéis que soy el Señor”. Y esta profecía la ha cumplido en Jesús, que «muerto y resucitado, es el centro de nuestra fe» (20). Y, como un anticipo del cumplimiento de esa promesa, hoy hemos escuchado en el Evangelio la resurrección de Lázaro. Como el propio Jesús ha dicho, “esta enfermedad no es para la muerte, sino que servirá para la gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”.

El Evangelio nos dice que “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”. Él había encendido en ellos el deseo y la pasión por ser sus discípulos. San Lucas (10, 38-47) nos narra el diálogo de Jesús con Marta y María (“Marta, andas inquieta y preocupada con muchas cosas… María ha escogido la parte mejor”); y en el Evangelio hemos escuchado que “María era la que ungió al Señor con perfume y le enjugó los pies con su cabellera” (Jn 12, 1ss). Ahora, Marta y María están sufriendo la frustración que supone la muerte de su hermano. Ambas expresan la misma queja: “Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano”.

Pero hasta cuando humanamente todo ha acabado (“Señor, ya huele mal, porque lleva cuatro días”), Jesús les pide que mantengan encendido el deseo y la pasión como discípulas suyas: “Yo soy la resurrección y la vida… ¿Crees esto?”. Y ante la afirmación de Marta: “Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios…” Jesús realiza el signo, “por la gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado”. Y este signo hace que se encienda el deseo y la pasión en otros: “Muchos judíos, al ver lo que había hecho Jesús, creyeron en Él”.

 

ACTUAR. –

Vamos a comenzar la Semana Santa: ¿Mi deseo y pasión por seguir a Jesús sigue encendido? ¿Hay algo que lo haya frustrado? ¿Cómo vivo la realidad de la muerte, la propia o la de seres queridos?

Después del camino cuaresmal, Jesús nos pregunta, como a Marta: “¿Crees esto?”. Ojalá hasta en las situaciones de muerte podamos responder: “Sí, Señor, yo creo que Tú eres el Hijo de Dios”, y mantener encendido nuestro deseo y pasión por Jesús, porque «ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, la vida no termina, sino que se transforma. Y si bien, frente a la muerte —dolorosa separación que nos obliga a dejar a nuestros seres más queridos— no cabe discurso alguno, el Jubileo nos ofrecerá la oportunidad de redescubrir el don de esa vida nueva recibida en el Bautismo, capaz de transfigurar su dramaticidad». (20)