DOMINGO DE RAMOS - CICLO A
Domingo 29 de marzo de 2026
EVANGELIO:
"Bendito el que viene en
nombre del Señor” (Mateo 21, 1-11)
+
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
Cuando se acercaban a Jerusalén y
llegaron a Betfagé, en el monte de los Olivos, Jesús envió a dos discípulos
diciéndoles: «Id a la aldea de enfrente, encontraréis enseguida una borrica
atada con su pollino, los desatáis y me los traéis. Si alguien os dice algo,
contestadle que el Señor los necesita y los devolverá pronto». Esto ocurrió
para que se cumpliese lo dicho por medio del profeta: «Decid a la hija de Sion:
“Mira a tu rey, que viene a ti, humilde, montado en una borrica, en un pollino,
hijo de acémila”». Fueron los discípulos e hicieron lo que les había mandado
Jesús: trajeron la borrica y el pollino, echaron encima sus mantos, y Jesús se
montó. La multitud alfombró el camino con sus mantos; algunos cortaban ramas de
árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba delante y detrás gritaba: «¡“Hosanna”
al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡“Hosanna” en las
alturas!». Al entrar en Jerusalén, toda la ciudad se sobresaltó preguntando: «¿Quién
es este?». La multitud contestaba: «Es el profeta Jesús, de Nazaret de
Galilea».
Palabra del Señor.
MISA
PRIMERA LECTURA:
"No escondí el rostro ante
ultrajes, sabiendo que no quedaría defraudado” (Isaías 50, 4-7)
Lectura del libro de Isaías.
El Señor Dios me ha dado una
lengua de discípulo; para saber decir al abatido una palabra de aliento. Cada
mañana me espabila el oído, para que escuche como los discípulos. El Señor Dios
me abrió el oído; yo no resistí ni me eché atrás. Ofrecí la espalda a los que
me golpeaban, las mejillas a los que mesaban mi barba; no escondí el rostro
ante ultrajes y salivazos. El Señor Dios me ayuda, por eso no sentía los
ultrajes; por eso endurecí el rostro como pedernal, sabiendo que no quedaría
defraudado.
Palabra de Dios.
SALMO:
"Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?” (Salmo 21)
R. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has
abandonado?
V. Al verme, se burlan de mí, hacen visajes,
menean la cabeza: «Acudió al Señor, que lo ponga a salvo; que lo libre si tanto
lo quiere». /R
V. Me acorrala una jauría de mastines, me cerca
una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar mis
huesos /R.
V. Se reparten mi ropa, echan a suerte mi
túnica. Pero tú, Señor, no te quedes lejos; fuerza mía, ven corriendo a
ayudarme. R. Dios mío, Dios mío, ¿por
qué me has abandonado?
V. Contaré tu fama a mis hermanos, en medio de
la asamblea te alabaré. «Los que teméis al Señor, alabadlo; linaje de Jacob,
glorificadlo; temedlo, linaje de Israel». /R.
SEGUNDA LECTURA:
"Se humilló a sí mismo; por
eso Dios lo exaltó sobre todo” (Filipenses 2, 6-11)
Lectura de la carta del apóstol
san Pablo a los Filipenses.
Cristo Jesús, siendo de condición
divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios; al contrario, se despojó de
sí mismo tomando la condición de esclavo, hecho semejante a los hombres. Y así,
reconocido como hombre por su presencia, se humilló a sí mismo, hecho obediente
hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le
concedió el Nombre-sobre-todo-nombre; de modo que al nombre de Jesús toda
rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua
proclame: Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.
Palabra de Dios.
CANTO
V. Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta
la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le
concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.
CANTO
EVANGELIO:
"Pasión de nuestro Señor
Jesucristo” (Mateo 26,14-27,66)
C. En aquel tiempo, uno de los Doce, llamado
Judas Iscariote, fue a los sumos sacerdotes y les propuso:
S. «¿Qué estáis dispuestos a darme si os lo
entrego?».
C. Ellos se ajustaron con él en treinta monedas
de plata. Y desde entonces andaba buscando ocasión propicia para entregarlo.
¿Dónde quieres que te preparemos
la cena de Pascua?
C. El primer día de los Ácimos se acercaron los
discípulos a Jesús y le preguntaron:
S. «¿Dónde quieres que te preparemos la cena de
Pascua?».
C. Él
contestó:
+ «Id a la
ciudad, a casa de quien vosotros sabéis, y decidle: “El Maestro dice: mi hora
está cerca; voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos”».
C. Los discípulos cumplieron las instrucciones
de Jesús y prepararon la Pascua.
Uno de vosotros me va a entregar
C. Al
atardecer se puso a la mesa con los Doce. Mientras comían dijo:
+ «En verdad
os digo que uno de vosotros me va a entregar».
C. Ellos,
muy entristecidos, se pusieron a preguntarle uno tras otro:
S. «¿Soy yo acaso, Señor?».
C. Él
respondió:
+ «El que ha
metido conmigo la mano en la fuente, ese me va a entregar. El Hijo del hombre
se va como está escrito de él; pero, ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre
es entregado!, ¡más le valdría a ese hombre no haber nacido!».
C. Entonces
preguntó Judas, el que lo iba a entregar:
S. «¿Soy yo acaso, Maestro?».
C. Él respondió:
+ «Tú lo has
dicho».
C. Mientras comían, Jesús tomó pan y, después de
pronunciar la bendición, lo partió, lo dio a los discípulos y les dijo:
+ «Tomad, comed:
esto es mi cuerpo».
C. Después tomó el cáliz, pronunció la acción de
gracias y dijo:
+ «Bebed
todos; porque esta es mi sangre de la alianza, que es derramada por muchos para
el perdón de los pecados. Y os digo que desde ahora ya no beberé del fruto de
la vid hasta el día que beba con vosotros el vino nuevo en el reino de mi
Padre».
C. Después de cantar el himno salieron para el
monte de los Olivos.
C. Entonces Jesús les dijo:
+ «Esta
noche os vais a escandalizar todos por mi causa, porque está escrito: “Heriré
al pastor y se dispersarán las ovejas del rebaño”. Pero cuando resucite, iré
delante de vosotros a Galilea».
C. Pedro
replicó:
S. «Aunque
todos caigan por tu causa, yo jamás caeré».
C. Jesús le
dijo:
+ «En verdad
te digo que esta noche, antes de que el gallo cante, me negarás tres veces».
C. Pedro le replicó:
S. «Aunque
tenga que morir contigo, no te negaré».
C. Y lo mismo decían los demás discípulos.
C. Entonces Jesús fue con ellos a un huerto,
llamado Getsemaní, y dijo a los discípulos:
+ «Sentaos
aquí, mientras voy allá a orar».
C. Y llevándose a Pedro y a los dos hijos de
Zebedeo, empezó a sentir tristeza y angustia.
Entonces les dijo:
+ «Mi alma
está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo».
C. Y adelantándose un poco cayó rostro en tierra
y oraba diciendo:
+ «Padre
mío, si es posible, que pase de mí este cáliz. Pero no se haga como yo quiero,
sino como quieres tú».
C. Y volvió
a los discípulos y los encontró dormidos.
Dijo a Pedro:
+ «¿No
habéis podido velar una hora conmigo? Velad y orad para no caer en la
tentación, pues el espíritu está pronto, pero la carne es débil».
C. De nuevo se apartó por segunda vez y oraba
diciendo:
+ «Padre
mío, si este cáliz no puede pasar sin que yo lo beba, hágase tu voluntad».
C. Y viniendo
otra vez, los encontró dormidos, porque sus ojos se cerraban de sueño.
Dejándolos de nuevo, por tercera vez oraba repitiendo las mismas palabras.
Volvió a los discípulos, los
encontró dormidos y les dijo:
+ «Ya podéis
dormir y descansar. Mirad, está cerca la hora y el Hijo del hombre va a ser
entregado en manos de los pecadores. ¡Levantaos, vamos! Ya está cerca el que me
entrega».
C. Todavía
estaba hablando, cuando apareció Judas, uno de los Doce, acompañado de un
tropel de gente, con espadas y palos, enviado por los sumos sacerdotes y los
ancianos del pueblo. El traidor les había dado esta contraseña:
S. «Al que yo bese, ese es: prendedlo».
C. Después se acercó a Jesús y le dijo:
S. «¡Salve,
Maestro!».
C. Y lo
besó. Pero Jesús le contestó:
+ «Amigo, ¿a
qué vienes?».
C. Entonces
se acercaron a Jesús y le echaron mano y lo prendieron. Uno de los que estaban
con él agarró la espada, la desenvainó y de un tajo le cortó la oreja al criado
del sumo sacerdote.
Jesús le dijo:
+ «Envaina
la espada: que todos los que empuñan espada, a espada morirán. ¿Piensas tú que
no puedo acudir a mi Padre? Él me mandaría enseguida más de doce legiones de
ángeles. ¿Cómo se cumplirían entonces las Escrituras que dicen que esto tiene
que pasar?».
C. Entonces
dijo Jesús a la gente:
+ «¿Habéis
salido a prenderme con espadas y palos como si fuera un bandido? A diario me
sentaba en el templo a enseñar y, sin embargo, no me prendisteis. Pero todo
esto ha sucedido para que se cumplieran las Escrituras de los profetas».
C. En aquel
momento todos los discípulos lo abandonaron y huyeron.
C. Los que
prendieron a Jesús lo condujeron a casa de Caifás, el sumo sacerdote, donde se
habían reunido los escribas y los ancianos. Pedro lo seguía de lejos hasta el
palacio del sumo sacerdote y, entrando dentro, se sentó con los criados para
ver cómo terminaba aquello.
Los sumos sacerdotes y el
Sanedrín en pleno buscaban un falso testimonio contra Jesús para condenarlo a
muerte y no lo encontraban, a pesar de los muchos falsos testigos que
comparecían. Finalmente, comparecieron dos que declararon:
S. «Este ha
dicho: “Puedo destruir el templo de Dios y reconstruirlo en tres días”».
C. El sumo sacerdote se puso en pie y le dijo:
S. «¿No tienes nada que responder? ¿Qué son
estos cargos que presentan contra ti?».
C. Pero Jesús callaba. Y el sumo sacerdote le
dijo:
S. «Te
conjuro por el Dios vivo a que nos digas si tú eres el Mesías, el Hijo de
Dios».
C. Jesús le respondió:
+ «Tú lo has
dicho. Más aún, yo os digo: desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la
derecha del Poder y que viene sobre las nubes del cielo».
C. Entonces el
sumo sacerdote rasgó sus vestiduras diciendo:
S. «Ha blasfemado. ¿Qué necesidad tenemos ya de
testigos? Acabáis de oír la blasfemia. ¿Qué decidís?».
C. Y ellos
contestaron:
S. «Es reo
de muerte».
C. Entonces
le escupieron a la cara y lo abofetearon; otros lo golpearon diciendo:
S. «Haz de
profeta, Mesías; dinos quién te ha pegado».
Antes de que cante el gallo me
negarás tres veces
C. Pedro estaba sentado fuera en el patio y se
le acercó una criada y le dijo:
S. «También tú estabas con Jesús el
Galileo».
C. Él lo negó delante de todos diciendo:
S. «No sé
qué quieres decir».
C. Y al
salir al portal lo vio otra y dijo a los que estaban allí:
S. «Este
estaba con Jesús el Nazareno».
C. Otra vez negó él con juramento:
S. «No conozco a ese hombre».
C. Poco
después se acercaron los que estaban allí y dijeron a Pedro:
S. «Seguro;
tú también eres de ellos, tu acento te delata».
C. Entonces
él se puso a echar maldiciones y a jurar diciendo:
S. «No
conozco a ese hombre».
C. Y
enseguida cantó un gallo. Pedro se acordó de aquellas palabras de Jesús: «Antes
de que cante el gallo me negarás tres veces». Y saliendo afuera, lloró
amargamente.
C. Al hacerse de día, todos los
sumos sacerdotes y los ancianos del pueblo se reunieron para preparar la
condena a muerte de Jesús. Y atándolo lo llevaron y lo entregaron a Pilato, el
gobernador.
C. Entonces
Judas, el traidor, viendo que lo habían condenado, se arrepintió y devolvió las
treinta monedas de plata a los sumos sacerdotes y ancianos diciendo:
S. He pecado
entregando sangre inocente».
C. Pero
ellos dijeron:
S. «¿A
nosotros qué? ¡Allá tú!».
C. Él, arrojando las monedas de plata en el
templo, se marchó; y fue y se ahorcó. Los sacerdotes, recogiendo las monedas de
plata, dijeron:
S. «No es lícito echarlas en el arca de las
ofrendas porque son precio de sangre».
C. Y, después de discutirlo, compraron con ellas
el Campo del Alfarero para cementerio de forasteros. Por eso aquel campo se
llama todavía «Campo de Sangre». Así se cumplió lo dicho por medio del profeta
Jeremías:
«Y tomaron las treinta monedas de
plata, el precio de uno que fue tasado, según la tasa de los hijos de Israel, y
pagaron con ellas el Campo del Alfarero, como me lo había ordenado el Señor». ¿Eres
tú el rey de los judíos?
C. Jesús fue
llevado ante el gobernador, y el gobernador le preguntó:
S. «¿Eres tú el rey de los judíos?».
C. Jesús
respondió:
+ «Tú lo
dices».
C. Y
mientras lo acusaban los sumos sacerdotes y los ancianos no contestaba nada.
Entonces Pilato le preguntó:
S. «¿No oyes
cuántos cargos presentan contra ti?».
C. Como no
contestaba a ninguna pregunta, el gobernador estaba muy extrañado. Por la
fiesta, el gobernador solía liberar un preso, el que la gente quisiera. Tenía
entonces un preso famoso, llamado Barrabás. Cuando la gente acudió, dijo
Pilato:
S. «¿A quién queréis que os suelte, a Barrabás o
a Jesús, a quien llaman el Mesías?».
C. Pues sabía que se lo habían entregado por
envidia. Y mientras estaba sentado en el tribunal, su mujer le mandó a decir:
S. «No te metas con ese justo porque esta noche
he sufrido mucho soñando con él».
C. Pero los sumos sacerdotes y los ancianos
convencieron a la gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte
de Jesús.
El gobernador preguntó:
S. «¿A cuál
de los dos queréis que os suelte?».
C. Ellos dijeron:
S. «A Barrabás».
C. Pilato
les preguntó:
S. «¿Y qué hago con Jesús, llamado el Mesías?».
C. Contestaron todos:
S. «Sea crucificado».
C. Pilato insistió:
S. «Pues, ¿qué mal ha hecho?».
C. Pero ellos
gritaban más fuerte:
S. «¡Sea
crucificado!».
C. Al ver Pilato que todo era inútil
y que, al contrario, se estaba formando un tumulto, tomó agua y se lavó las
manos ante la gente, diciendo:
S. «Soy
inocente de esta sangre. ¡Allá vosotros!».
C. Todo el pueblo contestó:
S. «¡Caiga
su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos!».
C. Entonces
les soltó a Barrabás; y a Jesús, después de azotarlo, lo entregó para que lo
crucificaran.
C. Entonces
los soldados del gobernador se llevaron a Jesús al pretorio y reunieron
alrededor de él a toda la cohorte: lo desnudaron y le pusieron un manto de
color púrpura y trenzando una corona de espinas se la ciñeron a la cabeza y le
pusieron una caña en la mano derecha. Y, doblando ante él la rodilla, se
burlaban de él diciendo:
S. «¡Salve,
rey de los judíos!».
C. Luego le
escupían, le quitaban la caña y le golpeaban con ella la cabeza. Y terminada la
burla, le quitaron el manto, le pusieron su ropa y lo llevaron a crucificar.
C. Al salir,
encontraron a un hombre de Cirene, llamado Simón, y lo forzaron a llevar su
cruz.
Cuando llegaron al lugar llamado
Gólgota (que quiere decir lugar de «la Calavera»), le dieron a beber vino
mezclado con hiel; él lo probó, pero no quiso beberlo. Después de crucificarlo,
se repartieron su ropa echándola a suertes y luego se sentaron a custodiarlo.
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es Jesús, el
rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a la derecha y otro
a la izquierda.
C. Los que
pasaban, lo injuriaban, y meneando la cabeza, decían:
S. «Tú que
destruyes el templo y lo reconstruyes en tres días, sálvate a ti mismo; si eres
Hijo de Dios, baja de la cruz».
C. Igualmente
los sumos sacerdotes con los escribas y los ancianos se burlaban también
diciendo:
S. A otros
ha salvado y él no se puede salvar. ¡Es el Rey de Israel!, que baje ahora de la
cruz y le creeremos. Confió en Dios, que lo libre si es que lo ama, pues dijo:
“Soy Hijo de Dios”».
C. De la
misma manera los bandidos que estaban crucificados con él lo insultaban.
C. Desde la
hora sexta hasta la hora nona vinieron tinieblas sobre toda la tierra. A la
hora nona, Jesús gritó con voz potente:
+ «Elí, Elí,
lemá sabaqtaní?».
C. (Es
decir:
+ «Dios mío,
Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»).
C. Al oírlo
algunos de los que estaban allí dijeron:
S. «Está
llamando a Elías».
C. Enseguida
uno de ellos fue corriendo, cogió una esponja empapada en vinagre y,
sujetándola en una caña, le dio de beber.
S. «Déjalo,
a ver si viene Elías a salvarlo».
C. Jesús,
gritando de nuevo con voz potente, exhaló el espíritu.
·
Todos se arrodillan, y se hace una pausa.
C. Entonces
el velo del templo se rasgó en dos de arriba abajo; la tierra tembló, las rocas
se resquebrajaron, las tumbas se abrieron y muchos cuerpos de santos que habían
muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que él resucitó, entraron
en la ciudad santa y se aparecieron a muchos.
S. «Verdaderamente
este era Hijo de Dios».
C. Había allí muchas mujeres que miraban desde
lejos, aquellas que habían seguido a Jesús desde Galilea para servirlo; entre
ellas, María la Magdalena y María, la madre de Santiago y José, y la madre de
los hijos de Zebedeo.
C. Al
anochecer llegó un hombre rico de Arimatea, llamado José, que era también
discípulo de Jesús. Este acudió a Pilato a pedirle el cuerpo de Jesús. Y Pilato
mandó que se lo entregaran. José, tomando el cuerpo de Jesús, lo envolvió en
una sábana limpia, lo puso en su sepulcro nuevo que se había excavado en la
roca, rodó una piedra grande a la entrada del sepulcro y se marchó.
María la Magdalena y la otra
María se quedaron allí sentadas enfrente del sepulcro.
Ahí tenéis la guardia: id
vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis
C. A la
mañana siguiente, pasado el día de la Preparación, acudieron en grupo los sumos
sacerdotes y los fariseos a Pilato y le dijeron:
S. «Señor,
nos hemos acordado de que aquel impostor estando en vida anunció: “A los tres
días resucitaré”. Por eso ordena que vigilen el sepulcro hasta el tercer día,
no sea que vayan sus discípulos, se lleven el cuerpo y digan al pueblo: “Ha
resucitado de entre los muertos”. La última impostura sería peor que la
primera».
C. Pilato
contestó:
S. «Ahí
tenéis la guardia: id vosotros y asegurad la vigilancia como sabéis».
C. Ellos
aseguraron el sepulcro, sellando la piedra y colocando la guardia.
Palabra del Señor.
LA PASIÓN
SE DESATA
VER. -
Desde el inicio de la Cuaresma
hemos visto que el deseo y la pasión son dos emociones muy fuertes y
constitutivas del ser humano pero, lamentablemente, las solemos reducir sólo al
aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y sospechosas
de pecado. En realidad, el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían
movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque
cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele
tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo. Pero es cierto que a veces la
pasión, en lo que sea, se desata, se convierte en una emoción exaltada y
desenfrenada que nos arrastra sin control.
JUZGAR. -
También hemos visto que el Señor
nos invitaba a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, porque Él, como
verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo
intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo
lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su
Pasión y muerte en la Cruz; pero esa pasión de Jesús no se desató en ningún
momento, la vivió de un modo plenamente libre y consciente.
Porque cuando la pasión se
desata, puede ocurrir lo que hoy hemos escuchado en la Palabra de Dios, tanto
en el Evangelio de la entrada del Señor en Jerusalén como en el relato de la
Pasión.
Cuando Jesús se dispone a entrar
en Jerusalén, la multitud, enfervorizada, “alfombró el camino con sus mantos,
algunos cortaban ramas de árboles y alfombraban la calzada. Y la gente que iba
delante y detrás gritaba: ¡‘Hosanna’ al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en
nombre del Señor! ¡‘Hosanna’ en las alturas!” la pasión por Jesús se ha
desatado y arrastra a la gente de un modo arrollador: “Es el profeta Jesús, de
Nazaret de Galilea”. Pero, poco después, como también hemos escuchado, esa
misma gente se deja manipular en sus sentimientos y se dejarán arrastrar por
una pasión contra Jesús: “Los sumos sacerdotes y los ancianos convencieron a la
gente para que pidieran la libertad de Barrabás y la muerte de Jesús… Gritaban
más fuerte: ¡Sea crucificado!” Cuando dejamos que el deseo y la pasión se
desaten de un modo irreflexivo, lo más probable es que las consecuencias sean
negativas, y esto sirve para todas las dimensiones de la vida humana,
incluyendo por tanto la dimensión de la fe.
En este sentido, la Comisión para
la Doctrina de la Fe, de la Conferencia Episcopal Española, ha publicado
recientemente una nota que lleva por título ‘Cor ad cor loquitur’ (El corazón
habla al corazón), sobre el papel de las emociones en el acto de fe: «Los
sentimientos juegan un papel importante en la vida humana y espiritual. La fe
cristiana, arraigada en la encarnación, no los puede ni dejar de lado ni
ignorar. Dios nos alcanza también en nuestro sentir, en nuestra subjetividad,
en nuestra intimidad, en nuestra emocionalidad. Sin embargo, los sentimientos
no pueden determinar toda o casi toda la vida cristiana». Porque, como indica
esta Comisión, «en los últimos años se aprecian signos que indican un renacer
de la fe cristiana. La Iglesia valora la creatividad de diversas iniciativas de
primer anuncio que el Espíritu Santo ha suscitado para facilitar a tantas
personas el encuentro con Cristo o la revitalización de su fe. En todos estos
métodos, en mayor o menor grado, tienen un peso importante las emociones y los
sentimientos, que provocan un primer ‘impacto’ en la persona. Sin embargo, no
son pocos los que han advertido del riesgo de un reduccionismo ‘emotivista’ de
la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de
experiencias de impacto y buscadoras insaciables de la complacencia del
sentimiento espiritual».
En estos días de Semana Santa, y
particularmente en este Domingo de Ramos, es muy fácil que ‘la pasión se
desate’, y nos dejemos arrastrar por lo emotivo de la procesión de los ramos;
muchas personas sólo acuden hoy al templo para recoger un ramo que haya sido
bendecido, porque eso es lo que ‘complace su sentimiento espiritual’. Pero
realmente no desean seguir a Jesús y, como hicieron los discípulos, lo
abandonan, no sólo durante la Semana Santa, sino todo el resto del año.
ACTUAR. –
Vivamos con deseo y pasión
nuestra fe, pero sin que esa pasión se desate, como Jesús, en lo que nos
‘complace’ y en lo que nos resulta más difícil. La Semana Santa es como un
‘Primer Anuncio’, la oportunidad para revitalizar nuestro seguimiento, recordando
que «el anuncio de Cristo no busca de modo directo provocar sentimientos, sino
testimoniar un acontecimiento que ha transformado la historia y es capaz de
transformar la existencia de todo ser humano ocupando el centro de su vida: que
‘tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree
en Él no perezca, sino que tenga vida eterna’ (Jn 3, 16). Éste es el gran
impacto que renueva la mente y el pensamiento, amplía el horizonte de la
libertad y ofrece un nuevo sentido a la vida».