DOMINGO II DE CUARESMA - CICLO A
Domingo 1 de marzo de 2026
PRIMERA LECTURA:
"Vocación de Abraham, padre
del pueblo de Dios” (Génesis 12, 1-4)
Lectura del libro del Génesis.
En aquellos días, el Señor dijo a
Abrán: «Sal de tu tierra, de tu patria, y de la casa de tu padre, hacia la
tierra que te mostraré. Haré de ti una gran nación, te bendeciré, haré famoso
tu nombre y serás una bendición. Bendeciré a los que te bendigan, maldeciré a
los que te maldigan, y en ti serán benditas todas las familias de la tierra». Abrán
marchó, como le había dicho el Señor.
Palabra de Dios.
SALMO:
"Que tu misericordia, Señor,
venga sobre nosotros como lo esperamos de Ti” (Salmo 197)
R. Que tu misericordia, Señor, venga sobre
nosotros, como lo esperamos de ti.
V. La palabra del Señor es sincera, y todas sus
acciones son leales; él ama la justicia y el derecho, y su misericordia llena
la tierra. /R.
V. Los ojos del Señor están puestos en quien lo
teme, en los que esperan su misericordia, para librar sus vidas de la muerte y
reanimarlos en tiempo de hambre. /R.
V. Nosotros aguardamos al Señor: él es nuestro
auxilio y escudo. Que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo
esperamos de ti. /R.
SEGUNDA LECTURA:
"Dios nos llama y nos
ilumina” (2 Timoteo 1,8b-10)
Querido hermano: Toma parte en
los padecimientos por el Evangelio, según la fuerza de Dios. Él nos salvó y nos
llamó con una vocación santa, no por nuestras obras, sino según su designio y
según la gracia que nos dio en Cristo Jesús desde antes de los siglos, la cual
se ha manifestado ahora por la aparición de nuestro Salvador, Cristo Jesús, que
destruyó la muerte e hizo brillar la vida y la inmortalidad por medio del
Evangelio.
Palabra de Dios.
Versículo antes del
Evangelio
V. En el esplendor de la nube se oyó
la voz del Padre: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».
EVANGELIO:
"Su rostro resplandecía como
el sol” (Mateo 17, 1-9)
+
Lectura del santo Evangelio según san Mateo.
En aquel tiempo, Jesús tomó
consigo a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y subió con ellos aparte a un
monte alto. Se transfiguró delante de ellos, y su rostro resplandecía como el
sol, y sus vestidos se volvieron blancos como la luz. De repente se les
aparecieron Moisés y Elías conversando con él. Pedro, entonces, tomó la palabra
y dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bueno es que estemos aquí! Si quieres, haré tres
tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba
hablando cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y una voz desde la
nube decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien me complazco. Escuchadlo». Al
oírlo, los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto. Jesús se acercó y,
tocándolos, les dijo: «Levantaos, no temáis». Al alzar los ojos, no vieron a
nadie más que a Jesús, solo. Cuando bajaban del monte, Jesús les mandó: «No
contéis a nadie la visión hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los
muertos».
Palabra del Señor.
REAVIVAR
EL DESEO Y LA PASIÓN
VER. -
El Miércoles de Ceniza dijimos
que el deseo y la pasión son dos fuerzas, psicológicas y físicas, muy fuertes y
constitutivas del ser humano pero que, lamentablemente, las hemos reducido sólo
al aspecto sexual y por eso las rodeamos de connotaciones negativas y
sospechosas de pecado. Pero el deseo y la pasión son dos fuerzas que deberían
movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida: el deseo
es el movimiento afectivo hacia algo que se apetece, y la pasión es una
inclinación muy viva hacia alguien o hacia algo. Y cuando algo lo deseamos de
verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para
alcanzarlo y disfrutarlo. Pero sabemos por experiencia que, con el paso del
tiempo, el deseo y la pasión por algo o alguien suelen ir apagándose y, en
ocasiones, acaban desapareciendo.
JUZGAR. -
También dijimos que el Señor nos
invita a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión, ante todo, porque Él,
como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el
deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este
deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su
Pasión y muerte en la Cruz. Por eso, nosotros debíamos responder con deseo y
pasión a la petición que nos hizo: “Convertíos a mí…”
Pero, como vimos el domingo
pasado, al igual que nos ocurre en nuestra vida con cosas y personas, también
en la vida de fe tenemos la tentación de que se nos enfríe ese deseo y pasión
por vivir la Cuaresma, por convertirnos.
Es lo que ocurrió a los
Discípulos. El pasaje que hemos escuchado hoy en el Evangelio es el comienzo
del capítulo 17 de Mateo; inmediatamente antes, en el final del capítulo 16,
Jesús había comenzado “a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén
y padecer allí mucho. Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo”. Y
Jesús, después de reprender a Pedro, “dijo a los discípulos: «El que quiera
venir en pos de mí que se niegue a sí mismo, que cargue con su cruz y me
siga»”. Jesús se da cuenta de que la pasión y el deseo de los Discípulos corren
el peligro de enfriarse, y por eso, “tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano
Juan, y subió con ellos aparte a un monte alto, y se transfiguró delante de
ellos”. Jesús se transfigura para reavivar el deseo y la pasión de los
Discípulos, haciéndoles vivir una experiencia de lo que será la manifestación
plena de su gloria, y consigue que Pedro exclame: “Señor, ¡qué bueno es que
estemos aquí!” Una experiencia que, tras la Resurrección de Jesús, les servirá para
impulsar su deseo y pasión por anunciar el Evangelio.
También a nosotros el Señor nos
ofrece ‘experiencias de transfiguración’ para reavivar el deseo y la pasión por
vivir la Cuaresma, por convertirnos; son momentos muy personales y especiales
de encuentro con Dios, a veces muy sencillos: una celebración, un tiempo de
oración, una lectura, una conversación con alguien… que nos hacen sentir, como
a Pedro: “Señor, ¡qué bueno…!”
Estos momentos de transfiguración
no eliminan las dificultades de la vida guiada por la fe, ni los otros
problemas de la vida, pero nos dan fuerzas para afrontarlos con nuevo ánimo,
porque reavivan nuestro deseo y pasión por seguir a Jesús. Y, para que no se
quede sólo en una experiencia puntual, los Discípulos también reciben un
mandato, “una voz desde la nube decía: Éste es mi Hijo, en quien me complazco.
Escuchadlo”. Para reavivar el deseo y la pasión por seguir a Jesús es necesario
escucharlo, prestar atención a su Palabra, leyendo y reflexionando al menos las
lecturas de la Eucaristía diaria y las dominicales, porque en ellas el Señor
nos está hablando de Él y de su mensaje de salvación para cada uno de nosotros.
ACTUAR. -
¿He experimentado que mi deseo y
pasión por algo o alguien se ha ido apagando con el tiempo? ¿A qué se debió?
¿Mantengo el deseo y la pasión por vivir la Cuaresma, por convertirme al Señor?
Para
reavivar nuestro deseo y pasión por vivir la Cuaresma, por convertirnos, el
Señor nos regala experiencias de transfiguración: aprovechémoslas, porque hacen
que, como Abrán en la 1ª lectura, nos decidamos a ‘salir de nuestra tierra’, de
lo conocido, de la rutina y la comodidad. Y, como decía san Pablo en la 2ª
lectura, tomaremos parte con verdadero deseo y pasión en los duros trabajos del
Evangelio, según las fuerzas que Dios nos dé, para seguir viviendo y anunciando
su salvación.