sábado, 4 de abril de 2026

DOMINGO DE PASCUA DE LA RESURRECCIÓN DEL SEÑOR

 DOMINGO DE RESURRECCIÓN

Domingo 5 de abril de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"Hemos comido y bebido con Él después de su resurrección de entre los muertos” (Hechos

Lectura del libro de los Hechos de los Apóstoles.

En aquellos días, Pedro tomó la palabra y dijo: «Vosotros conocéis lo que sucedió en toda Judea, comenzando por Galilea, después del bautismo que predicó Juan. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él. Nosotros somos testigos de todo lo que hizo en la tierra de los judíos y en Jerusalén. A este lo mataron, colgándolo de un madero. Pero Dios lo resucitó al tercer día y le concedió la gracia de manifestarse, no a todo el pueblo, sino a los testigos designados por Dios: a nosotros, que hemos comido y bebido con él después de su resurrección de entre los muertos. Nos encargó predicar al pueblo, dando solemne testimonio de que Dios lo ha constituido juez de vivos y muertos. De él dan testimonio todos los profetas: que todos los que creen en él reciben, por su nombre, el perdón de los pecados».

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Salmo 117)

R.  Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo.

V.  Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia. Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. /R. 

V.  «La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa». No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. /R. 

V.  La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Es el Señor quien lo ha hecho, ha sido un milagro patente. /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"Buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo” (1 Colosenses 3, 1-4)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Colosenses.

Hermanos:

Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, donde Cristo está sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.

Porque habéis muerto; y vuestra vida está con Cristo escondida en Dios. Cuando aparezca Cristo, vida vuestra, entonces también vosotros apareceréis gloriosos, juntamente con él.

Palabra de Dios.

Secuencia


Ofrezcan los cristianos

ofrendas de alabanza

a gloria de la Víctima

propicia de la Pascua.

 

Cordero sin pecado

que a las ovejas salva,

a Dios y a los culpables

unió con nueva alianza.

 

Lucharon vida y muerte

en singular batalla,

y, muerto el que es la Vida,

triunfante se levanta.

 

«¿Qué has visto de camino,

María, en la mañana?»

«A mi Señor glorioso,

la tumba abandonada,

 

los ángeles testigos,

sudarios y mortaja.

¡Resucitó de veras

mi amor y mi esperanza!

 

Venid a Galilea,

allí el Señor aguarda;

allí veréis los suyos

la gloria de la Pascua».

 

Primicia de los muertos,

sabemos por tu gracia

que estás resucitado;

la muerte en ti no manda.

 

Rey vencedor, apiádate

de la miseria humana

y da a tus fieles parte

en tu victoria santa.


R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

V.  Ha sido inmolada nuestra víctima pascual: Cristo. Así, pues, celebremos la Pascua en el Señor.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO:

Evangelio (opcional de la Vigilia pascual)

Ha resucitado y va por delante de vosotros a Galilea (Mt 28, 1-10)

+  Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María la Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras no temáis, ya sé que buscáis a Jesús el crucificado. No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis”. Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de miedo y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».

Palabra del Señor.

PASIÓN DESBORDADA

VER. -

Hemos querido vivir toda la Cuaresma, y especialmente la Semana Santa, con deseo y pasión, dos emociones muy fuertes y que deberían movernos, sobre todo, en los aspectos más importantes de nuestra vida, porque cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo. Durante este tiempo hemos reflexionado en diferentes aspectos del deseo y la pasión en nuestra vida: a veces surgen repentinamente, otras veces van creciendo progresivamente, sufren altibajos, frustraciones, incluso pueden morir… Y, en ocasiones, el deseo y la pasión se manifiestan de forma desbordante: lo vemos, por ejemplo, cuando un equipo de fútbol consigue un título importante; o, en Valencia, cuando una comisión fallera obtiene el primer premio. Eso que se ha deseado tanto por fin se ha hecho realidad, y la pasión se desborda de forma incontenible, hay una explosión de alegría, la gente se echa a la calle, hay risas, abrazos, besos, los coches hacen sonar sus bocinas, se tiran tracas…

 

JUZGAR. –

El Viernes Santo veíamos que a todos nos podía ocurrir lo mismo que a Pedro: por múltiples razones y circunstancias, corremos el peligro de que nuestra pasión por Jesús muera y acabemos hasta negando conocerle. Pero, contemplando a Jesús muerto, también recordábamos que la Cruz es la mayor manifestación del amor apasionado de Jesús, el Hijo de Dios, por nosotros. Y, como dice el Cantar de los Cantares, “es fuerte el amor como la muerte… las aguas caudalosas no podrán apagar el amor, ni anegarlo los ríos” (8, 6-7). Esta noche/hoy celebramos que esa esperanza se ha hecho realidad.

La Palabra de Dios que hemos escuchado nos ha ido recordando que Dios ama apasionadamente al ser humano, y desea intensamente nuestra salvación. La Creación no tiene otra razón que el amor de Dios hacia el ser humano, su obra cumbre, el único ser creado a su imagen y semejanza. Y cómo Dios, por puro amor, se ha comprometido con nosotros para liberarnos de las esclavitudes en las que caemos por usar mal nuestra libertad. Dios nos ama apasionadamente, como un Esposo, y ese amor permanece fiel incluso cuando nosotros le somos infieles, tendiéndonos siempre la mano para que, libremente, podamos volver a Él. Y su amor apasionado le llevó a venir a nosotros en su Hijo hecho hombre, que nos amó hasta el extremo de la Cruz, para que “andemos en una vida nueva”.

Desde el Viernes Santo hemos permanecido a la espera, en oración, hasta que sonara el gran anuncio que hemos escuchado en el Evangelio de la Vigilia: “¡Ha resucitado!, como había dicho”. Lo que hemos deseado apasionadamente durante este tiempo es ya una realidad, y hoy se nos invita a dejar que esa pasión se desborde, como hicieron María Magdalena y la otra María: “id a prisa a decir a sus discípulos: «Ha resucitado de entre los muertos». Ellas, llenas de miedo y alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos”.

Hoy nuestra pasión por Jesús se desborda porque, como estuvimos celebrando en el Jubileo de la esperanza, «Jesús muerto y resucitado es el centro de nuestra fe. Cristo murió, fue sepultado, resucitó, se apareció. Por nosotros atravesó el drama de la muerte. El amor del Padre lo resucitó con la fuerza del Espíritu. La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, ‘la vida no termina, sino que se transforma’ para siempre». (20)

Hoy nuestra pasión por Jesús se desborda porque “cuantos fuimos bautizados en Cristo Jesús fuimos bautizados en su muerte, y si hemos sido incorporados a Él en una muerte como la suya, lo seremos también en una resurrección como la suya y creemos que también viviremos con Él” (Epístola). Podemos iniciar una nueva etapa en nuestra vida, porque «en el Bautismo recibimos el don de una vida nueva, que derriba el muro de la muerte, haciendo de ella un pasaje hacia la eternidad».

ACTUAR. –

Si, cuando gana nuestro equipo o nuestra comisión fallera, nuestra pasión se desborda, cuánto más deberíamos hacerlo si lo que ha ganado es la Vida frente a la muerte, la esperanza frente al vacío y sinsentido. La Resurrección de Jesús ha de encender o reavivar nuestro deseo de seguir siendo ‘Peregrinos de esperanza’, nos debe impulsar a redescubrir nuestra vocación bautismal y a ponerla en práctica de forma apasionada, andando “en una vida nueva”, buscando “los bienes de allá arriba, donde está Cristo”, siendo “levadura en la masa”, para que, con nuestras palabras y obras, siga resonando en el mundo el anuncio de nuestra salvación: “Jesús, el crucificado, ¡ha resucitado!”.




jueves, 2 de abril de 2026

VIERNES SANTO - CICLO A

VIERNES SANTO - CICLO A

Viernes 3 de abril de 2026

PRIMERA LECTURA:

"Él fue traspasado por nuestras rebeliones” (Isaías 52,13-53,12)

Lectura del libro de Isaías.

Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito. ¿Quién creyó nuestro anuncio?; ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca: como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado de muchos e intercedió por los pecadores.

Palabra de Dios.

SALMO:

"Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Salmo 30)

R.  Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.

V.  A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi espíritu: tú, el Dios leal, me librarás. /R. 

V.  Soy la burla de todos mis enemigos, la irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un cacharro inútil. /R. 

V.  Pero yo confío en ti, Señor; te digo: «Tú eres mi Dios». En tus manos están mis azares: líbrame de mis enemigos que me persiguen. /R. 

V.  Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame por tu misericordia. Sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el Señor. /R.

SEGUNDA LECTURA:

"Aprendió a obedecer; y se convirtió, para todos lo que le obedecen, en autor de salvación” (Hebreos 4,14-16;5,7-9)

Lectura de la carta a los Hebreos.

Hermanos: Ya que tenemos un sumo sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos firme la confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. Cristo, en efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en autor de salvación eterna.

Palabra de Dios.

V.  Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.

EVANGELIO:

"Pasión de nuestro Señor Jesucristo” (Juan 18,1-19,42)

Evangelio

Jn 18, 1 — 19, 42

Pasión de nuestro Señor Jesucristo según san Juan.

C.  En aquel tiempo, salió Jesús con sus discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces, tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos, entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía sobre él, se adelantó y les dijo:

+  «¿A quién buscáis?».

C.  Le contestaron:

S.  «A Jesús, el Nazareno».

C.  Les dijo Jesús:

+  «Yo soy».

C.  Estaba también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy», retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:

+  «¿A quién buscáis?».

C.  Ellos dijeron:

S.  «A Jesús, el Nazareno».

C.  Jesús contestó:

+  «Os he dicho que soy yo. Si me buscáis a mí, dejad marchar a estos».

 

C.  Y así se cumplió lo que había dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».

Entonces Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:

+  «Mete la espada en la vaina. El cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».

C.  La cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que muera un solo hombre por el pueblo».

Simón Pedro y otro discípulo seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:

S.  «¿No eres tú también de los discípulos de ese hombre?».

C.  Él dijo:

S.  «No lo soy».

C.  Los criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.

El sumo sacerdote interrogó a Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.

Jesús le contestó:

+  «Yo he hablado abiertamente al mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que yo he dicho».

C.  Apenas dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús, diciendo:

S.  «¿Así contestas al sumo sacerdote?».

C.  Jesús respondió:

+  «Si he faltado al hablar, muestra en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».

C.  Entonces Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.

¿No eres tú también de sus discípulos? No lo soy

C.  Simón Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:

S.  «¿No eres tú también de sus discípulos?».

C.  Él lo negó, diciendo:

S.  «No lo soy».

C.  Uno de los criados del sumo sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:

S.  «¿No te he visto yo en el huerto con él?».

C.  Pedro volvió a negar, y enseguida cantó un gallo.

C.  Llevaron a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:

S.  «¿Qué acusación presentáis contra este hombre?».

C.  Le contestaron:

S.  «Si este no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».

C.  Pilato les dijo:

S.  «Lleváoslo vosotros y juzgadlo según vuestra ley».

C.  Los judíos le dijeron:

S.  «No estamos autorizados para dar muerte a nadie».

C.  Y así se cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.

Entró otra vez Pilato en el pretorio, llamó a Jesús y le dijo:

 

S.  «¿Eres tú el rey de los judíos?».

C.  Jesús le contestó:

+  «¿Dices eso por tu cuenta o te lo han dicho otros de mí?».

C.  Pilato replicó:

S.  «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».

C.  Jesús le contestó:

+  «Mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».

C.  Pilato le dijo:

S.  «Entonces, ¿tú eres rey?».

C.  Jesús le contestó:

+  «Tú lo dices: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».

C.  Pilato le dijo:

S.  «Y, ¿qué es la verdad?».

C.  Dicho esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:

S.  «Yo no encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».

C.  Volvieron a gritar:

S.  «A ese no, a Barrabás».

C.  El tal Barrabás era un bandido.

¡Salve, rey de los judíos!

C.  Entonces Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color púrpura; y, acercándose a él, le decían:

S.  «¡Salve, rey de los judíos!».

C.  Y le daban bofetadas.

S.  «Mirad, os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».

C.  Y salió Jesús afuera, llevando la corona de espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:

S.  «He aquí al hombre».

C.  Cuando lo vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:

S.  «¡Crucifícalo, crucifícalo!».

C.  Pilato les dijo:

S.  «Lleváoslo vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».

C.  Los judíos le contestaron:

S.  «Nosotros tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de Dios».

C.  Cuando Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y dijo a Jesús:

S.  «¿De dónde eres tú?».

C.  Pero Jesús no le dio respuesta.

Y Pilato le dijo:

S.  «¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para crucificarte?».

C.  Jesús le contestó:

+  «No tendrías ninguna autoridad sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a ti tiene un pecado mayor».

¡Fuera, fuera; crucifícalo!

C.  Desde este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:

 

S.  «Si sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el César».

C.  Pilato entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal, en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.

Y dijo Pilato a los judíos:

S.  «He aquí a vuestro rey».

C.  Ellos gritaron:

S.  «¡Fuera, fuera; crucifícalo!».

C.  Pilato les dijo:

S.  «¿A vuestro rey voy a crucificar?».

C.  Contestaron los sumos sacerdotes:

S.  «No tenemos más rey que al César».

C.  Entonces se lo entregó para que lo crucificaran.

C.  Tomaron a Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de los judíos».

Leyeron el letrero muchos judíos, porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en hebreo, latín y griego.

Entonces los sumos sacerdotes de los judíos dijeron a Pilato:

S.  «No escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los judíos”».

C.  Pilato les contestó:

S.  «Lo escrito, escrito está».

C.  Los soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:

S.  «No la rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».

C.  Así se cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica». Esto hicieron los soldados.

C.  Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre:

+  «Mujer, ahí tienes a tu hijo».

C.  Luego, dijo al discípulo:

+  «Ahí tienes a tu madre».

C.  Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.

C.  Después de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la Escritura, dijo:

+  «Tengo sed».

C.  Había allí un jarro lleno de vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:

+  «Está cumplido».

C.  E, inclinando la cabeza, entregó el espíritu.

Todos se arrodillan, y se hace una pausa.

C.  Los judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».

C.  Después de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de mirra y áloe.

Tomaron el cuerpo de Jesús y lo envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto, un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí a Jesús.

Palabra del Señor.

LA PASIÓN PUEDE MORIR

VER. -

Nos propusimos vivir la Cuaresma, y ahora especialmente la Semana Santa, con verdadero deseo y pasión, porque el Señor, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras, hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz. Cuando algo lo deseamos de verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para alcanzarlo y disfrutarlo; pero sabemos también que a veces esa pasión se debilita y acaba muriendo, por varias razones: rutina, cansancio, desengaño, falta de comunicación…

JUZGAR. -

Hoy, Viernes Santo, contemplamos a Jesús en su Pasión y Muerte. Como celebramos ayer, su amor “hasta el extremo” le ha llevado hasta ahí, hasta ese amor consumado en la Cruz. Y, al escuchar el relato de la Pasión, contemplando especialmente a Pedro, hemos de preguntarnos por el estado de nuestra pasión por Jesús, si también se ha debilitado y ‘está muriendo’.

Pedro era un apasionado por Jesús, lo podemos comprobar en varios pasajes de los Evangelios. En ocasiones, esa pasión le llevó a ser demasiado impulsivo y le valió alguna reprimenda de Jesús: Cuando Jesús les anuncia su pasión, “Pedro se lo llevó aparte y se puso a increparlo, pero Él se volvió e increpó a Pedro: ¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú piensas como los hombres, no como Dios!” (Mc 8, 32-33); y ayer vimos que, cuando Jesús va a lavarle los pies, Pedro le dice: “No me lavarás los pies jamás”, y se lleva otra reprimenda de Jesús: “Si no te lavo, no tienes parte conmigo”. Después, durante la Cena, cuando Jesús le dice que “adonde yo voy no me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde, Pedro replicó: Señor, ¿por qué no puedo seguirte ahora? Daría mi vida por ti. Y Jesús le contestó: ¿Conque darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo antes de que me hayas negado tres veces” (Jn 13, 36-38). Y acabamos de escuchar que, en el momento del prendimiento, “Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha”. Y Jesús de nuevo lo detiene en seco: “Mete la espada en la vaina”.

Pedro sentía pasión por Jesús, pero era una pasión muy emocional, no madurada, y por eso, en el momento de la prueba, al preguntarle si es de los discípulos de Jesús, Pedro responde negándolo.

Hoy miramos a Jesús Crucificado pero situándonos al lado de Pedro. Como él, también nos hemos sentido llamados de algún modo a seguir a Jesús, y hemos respondido, y en etapas de nuestra vida también nos hemos apasionado por Jesús, hemos vivido momentos de impulso, de energía, incluso de exaltación. Pero ahora, al contemplar su Pasión y muerte en la Cruz, ¿seguimos sintiendo pasión por Él, o nos damos cuenta de que esa pasión se ha ido debilitando, que no es madura?

Quizá hemos caído en la rutina, tanto en la oración como en la celebración y la formación; o bien sufrimos cansancio por los compromisos que llevamos a cabo, y que a menudo suponen mucho esfuerzo y ningún fruto visible; o quizá alguna circunstancia personal nos afecta de forma negativa y nos sentimos desengañados de Jesús…

Mirando a la Cruz, ¿reaccionamos como Pedro, ‘pensamos como los hombres, no como Dios’, y la rechazamos totalmente? ¿También, como Pedro, decimos interiormente a Jesús: “No me lavarás los pies jamás”, porque en realidad lo que no queremos es tener que hacer nosotros lo mismo con otros, no queremos vivir desde el servicio? ¿Quizá somos muy valientes para afirmar nuestra fe en ambientes favorables, o para ‘defenderla’ a capa y espada en foros y redes sociales, pero en cuanto nos encontramos realmente cuestionados guardamos silencio o incluso negamos conocer a Jesús?

ACTUAR. -

Hoy nos damos cuenta de que todos podemos ser Pedro: por múltiples razones y circunstancias, corremos el peligro de que nuestra pasión por Jesús muera y acabemos hasta negando conocerle.

Pero la celebración de hoy también nos recuerda que la Cruz es la mayor manifestación del amor apasionado de Jesús por nosotros. Por eso, no huyamos de Él: cuando nos acerquemos a venerar la Cruz, pidámosle de corazón que encienda de nuevo nuestra pasión por Él, porque “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para alcanzar misericordia”.