viernes, 11 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

DOMINGO XXIV DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Domingo 13 de septiembre de 2026

PRIMERA LECTURA:

"Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados” (Eclesiástico 27,30-28,7)

Lectura del libro del Eclesiástico.

Rencor e ira también son detestables, el pecador los posee. El vengativo sufrirá la venganza del Señor, que llevará cuenta exacta de sus pecados. Perdona la ofensa a tu prójimo y, cuando reces, tus pecados te serán perdonados. Si un ser humano alimenta la ira contra otro, ¿cómo puede esperar la curación del Señor? Si no se compadece de su semejante, ¿cómo pide perdón por sus propios pecados? Si él, simple mortal, guarda rencor, ¿quién perdonará sus pecados? Piensa en tu final y deja de odiar, acuérdate de la corrupción y de la muerte y sé fiel a los mandamientos. Acuérdate de los mandamientos y no guardes rencor a tu prójimo; acuérdate de la alianza del Altísimo y pasa por alto la ofensa.

Palabra de Dios.

SALMO:

"El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia” (Salmo 102)

R.  El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia.

V.  Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. /R. 

V.  Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura. /R. 

V.  No está siempre acusando ni guarda rencor perpetuo; no nos trata como merecen nuestros pecados ni nos paga según nuestras culpas. /R. 

V.  Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen; como dista el oriente del ocaso, así aleja de nosotros nuestros delitos. /R. 

SEGUNDA LECTURA:

"Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor” (Romanos 14, 7-9)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos: Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo. Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor; así que, ya vivamos ya muramos, somos del Señor. Pues para esto murió y resucitó Cristo: para ser Señor de muertos y vivos.

Palabra de Dios.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

V.  Os doy un mandamiento nuevo —dice el Señor—: que os améis unos a otros, como yo os he amado.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

EVANGELIO:

"No te digo que perdones hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete” (Mateo 18, 21-35)

Acercándose Pedro a Jesús le preguntó: «Señor, si mi hermano me ofende, ¿Cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?». Jesús le contesta: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete. Por esto, se parece el reino de los cielos a un rey que quiso ajustar las cuentas con sus criados. Al empezar a ajustarlas, le presentaron uno que debía diez mil talentos. Como no tenía con qué pagar, el señor mandó que lo vendieran a él con su mujer y sus hijos y todas sus posesiones, y que pagara así. El criado, arrojándose a sus pies, le suplicaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo”. Se compadeció el señor de aquel criado y lo dejó marchar, perdonándole la deuda. Pero al salir, el criado aquel encontró a uno de sus compañeros que le debía cien denarios y, agarrándolo, lo estrangulaba diciendo: “Págame lo que me debes”. El compañero, arrojándose a sus pies, le rogaba diciendo: “Ten paciencia conmigo y te lo pagaré”. Pero él se negó y fue y lo metió en la cárcel hasta que pagara lo que debía. Sus compañeros, al ver lo ocurrido, quedaron consternados y fueron a contarle a su señor todo lo sucedido. Entonces el señor lo llamó y le dijo: “¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”. Y el señor, indignado, lo entregó a los verdugos hasta que pagara toda la deuda. Lo mismo hará con vosotros mi Padre celestial, si cada cual no perdona de corazón a su hermano».

ROMPER EL CÍRCULO DE LA VIOLENCIA

VER. –

Desde hace años estamos asistiendo a guerras entre países y pueblos: algunas son conocidas, otras forman parte de esos ‘conflictos olvidados’ que ya no aparecen en las noticias. Y al ver el nivel de destrucción y de barbarie a la que se llega, es inevitable pensar que, aunque llegue la deseada paz, será muy difícil que las heridas provocadas lleguen a superarse, porque hay una gran acumulación de odio y resentimiento, y es muy probable que, con el tiempo, vuelvan a desatarse los enfrentamientos. Esto también se reproduce a un nivel más cercano: personas enfrentadas con otras, familias con otras familias, por causas que quizá ya nadie recuerda, pero que se perpetúan.

JUZGAR. –

Ante esta situación, surge la pregunta: ¿Cómo romper ese círculo interminable de la violencia? Porque humanamente comprobamos que resulta imposible: tanto a nivel internacional como a nivel personal, cada una de las partes enfrentadas seguro que aduce muchas razones para justificar su posición y continuar su lucha, y quizá en algún caso esas razones sean ciertas. Pero con el enfrentamiento continuo sólo se consigue aumentar el dolor, la muerte y la destrucción.

El único camino para que la paz no sea solamente ‘ausencia de guerra’ basada en el temor a la destrucción mutua, sino una verdadera reconciliación, es el que nos ofrece la Palabra de Dios. Y ese camino de la paz lo debemos empezar a recorrer en nuestro ambiente más cercano.

La pregunta de Pedro a Jesús: “Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces tengo que perdonarlo? ¿Hasta siete veces?”, recoge una experiencia muy comprensible: en principio, como cristianos, estamos dispuestos a perdonar, pero llega un momento en que nos cansamos y tenemos ganas de decir ‘basta’.

Para ser capaces de perdonar, Jesús no niega las razones que podamos tener contra el otro, ni nos dice que nos olvidemos de lo que nos ha hecho, sino que nos invita a reflexionar sobre nosotros mismos, mediante la parábola ‘del siervo sin entrañas’, dejándonos cuestionar de verdad por ella, y por esa pregunta que el rey dirige al criado: “Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo rogaste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?”.

Como hemos dicho muchas veces, con Dios no hay que ser piadosos, hay que ser sinceros. Y, si somos sinceros con el Señor, recordaremos las innumerables veces que Él nos ha perdonado, quizá pecados graves, que nunca hubiéramos podido ‘pagar’, y nos ha permitido poder seguir adelante. Cuando, a nivel personal, tenemos dificultades para perdonar a alguien, el primer paso en el camino del perdón es la oración, y el primer momento en esa oración es recordar esta parábola, uniéndola a la 1ª lectura que hemos escuchado. Merece la pena meditarla y dejarnos interpelar en profundidad por ella, y desde ahí iremos avanzando hacia ese “setenta veces siete” que propone Jesús.

Y lo que cada uno hacemos individualmente adquiere mayor fuerza como miembros del cuerpo de Cristo que es la Iglesia. El Señor cuenta con nosotros para que, como Iglesia, vivamos y generemos una ‘cultura de la paz’ que se vaya extendiendo. Hoy también podemos meditar el texto de la Plegaria Eucarística de la Reconciliación II, como una llamada a la corresponsabilidad en el camino de la paz: «Pues en una humanidad dividida por las enemistades y las discordias, sabemos que Tú diriges los ánimos para que se dispongan a la reconciliación. Por tu Espíritu mueves los corazones para que los enemigos vuelvan a la amistad, los adversarios se den la mano, los pueblos busquen la concordia. Con tu acción eficaz consigues, Señor, que el amor venza al odio, la venganza deje paso a la indulgencia, y la discordia se convierta en amor mutuo».

ACTUAR. –

En el ‘Padre nuestro’ decimos: “Perdona nuestras ofensas como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”. Las guerras y enfrentamientos sólo producen dolor, muerte y destrucción. El Señor cuenta con nosotros para que, individualmente y como Iglesia, rompamos el círculo de la violencia, y esto sólo lo lograremos por Cristo, con Él y en Él, desde su presencia real en la Eucaristía: «Él es la Palabra de salvación para los hombres, la mano que tiendes a los pecadores, el camino que nos conduce a tu paz. Cuando nos habíamos apartado de ti por nuestros pecados, Señor, nos reconciliaste contigo, para que, convertidos a Ti, nos amáramos unos a otros por tu Hijo. Te pedimos humildemente, Padre Santo, que nos aceptes también a nosotros, juntamente con tu Hijo, y en este banquete salvífico concédenos el mismo Espíritu, que haga desaparecer toda enemistad entre nosotros. Que este Espíritu haga de tu Iglesia signo de unidad e instrumento de tu paz entre los hombres».


 


 

miércoles, 2 de septiembre de 2026

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Domingo 6 de septiembre de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"Si no hablas al malvado, te pedirá cuentas de su sangre” (Ezequiel 33, 7-9)

Lectura de la profecía de Ezequiel.

Esto dice el Señor: «A ti, hijo de hombre, te he puesto de centinela en la casa de Israel; cuando escuches una palabra de mi boca, les advertirás de mi parte. Si yo digo al malvado: “Malvado, eres reo de muerte”, pero tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta, él es un malvado y morirá por su culpa, pero a ti te pediré cuenta de su sangre. Pero si tú adviertes al malvado que cambie de conducta, y no lo hace, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado la vida».

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»” (Salmo 94)

R.  Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

V.  Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. /R.

V.  Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. /R. 

V.  Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá,

como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras». /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"La plenitud de la ley es el amor” (Romanos 13, 8-10)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

 

Hermanos: A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo; porque el que ama ha cumplido el resto de la ley. De hecho, el «no cometerás adulterio, no matarás, no robarás, no codiciarás», y cualquiera de los otros mandamientos, se resume en esto: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo». El amor no hace mal a su prójimo; por eso la plenitud de la ley es el amor.

Palabra de Dios.

 

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

V.  Dios estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

 

EVANGELIO:

"Si te hace caso, has salvado a tu hermano” (Mateo 18, 15-20)

+  Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas. Si te hace caso, has salvado a tu hermano. Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos, para que todo el asunto quede confirmado por boca de dos o tres testigos. Si no les hace caso, díselo a la comunidad, y si no hace caso ni siquiera a la comunidad, considéralo como un pagano o un publicano. En verdad os digo que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en los cielos. Os digo, además, que si dos de vosotros se ponen de acuerdo en la tierra para pedir algo, se lo dará mi Padre que está en los cielos. Porque donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos».

Palabra del Señor.

“¿CÓMO SE LO DIGO?”

VER. –

En las relaciones humanas a veces se producen desencuentros, discrepancias… y sabemos que debemos hablarlo con la otra persona, pero no sabemos cómo hacerlo. Nos preguntamos: ‘¿Cómo se lo digo?’ Porque si lo decimos en un tono demasiado suave, quizá la otra persona no se dé cuenta de la gravedad del problema y de cómo nos afecta; y, si lo hacemos de un modo más agresivo, podemos provocar una reacción de enfado y rechazo. Una tentación es dejar pasar el tiempo sin decir nada, pero esto no soluciona el problema, más bien lo agrava.

JUZGAR. –

Sabemos que la fe se nos tiene que notar en todos los aspectos y dimensiones de nuestra vida, por tanto, también en las relaciones humanas y en el modo de comunicarnos con los demás. Y se nos tiene que notar, sobre todo entre quienes compartimos la misma fe. Es inevitable que entre cristianos surjan discrepancias y desencuentros, y también nos preguntamos: ‘¿Cómo se lo digo?’

Por eso, hoy la Palabra de Dios nos ofrece algunas pistas:

La primera es que, si el asunto es importante, no hemos de posponerlo ni, menos aún, callarnos. En la 1ª lectura el Señor decía a Ezequiel: “Si tú no hablas para advertir al malvado que cambie de conducta… a ti te pediré cuenta. Pero si tú adviertes al malvado… habrás salvado la vida”. A la hora de hablar con la otra persona, no hemos de pensar tanto en su posible reacción, ni temerla; si con sinceridad, desde la oración y reflexión, tenemos la certeza de que debemos hablar con ella, no debemos callarnos o desentendernos, porque quizá necesite de nosotros para darse cuenta de lo que está haciendo. Y hemos de hacerlo por su propio bien y también por el nuestro.

La respuesta a ‘¿Cómo se lo digo?’ no afecta sólo a las palabras a utilizar, sino también al modo de decírselo. En el Evangelio Jesús nos ha enseñado el proceso que debemos seguir:

“Si tu hermano peca contra ti, repréndelo estando los dos a solas”. El primer paso ha de ser una conversación de tú a tú, en privado, para llegar a un encuentro.

“Si no te hace caso, llama a otro o a otros dos…” Quizá sentimos que la situación nos supera y no sabemos cómo orientarla, y necesitamos ayuda de personas de confianza. No se trata de hacer público el problema, sino de seguir buscando el encuentro.

“Si no les hace caso, díselo a la comunidad…” A veces el hecho puede tener repercusiones que afectan a más personas, ya sea en la familia, en la comunidad parroquial, grupo, asociación… por lo que se hace necesario dárselo a conocer, para que puedan también intervenir.

“Y si no hace caso ni siquiera a la comunidad…” Si, después de haber dado estos pasos, la persona sigue sin recapacitar, podremos dejar ya de insistir, con la conciencia tranquila.

Pero, aunque hayamos seguido este proceso, corremos el peligro de creernos ‘los buenos’ y erigirnos en jueces y emitir una ‘sentencia condenatoria’. Por eso, el elemento fundamental de la respuesta a ‘¿Cómo se lo digo?’ lo ha indicado san Pablo en la 2ª lectura: “A nadie le debáis nada, más que el amor mutuo”. La motivación primera y principal para hablar al otro es el amor, y por eso nos ha recordado: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Desde el amor a Dios, queremos amar al prójimo como a nosotros mismos, queremos su bien tanto como nos gustaría que los demás quisiesen nuestro bien. Si tenemos bien presente esto, aunque no sea fácil y nos preguntemos: ‘¿Cómo se lo digo?’, la respuesta viene inmediatamente: con amor. Y por amor y con amor haremos el proceso que Jesús indica, porque “el amor no hace mal a su prójimo”.

ACTUAR. -

¿Me he visto en la situación de tener que hablar con otra persona de un tema grave, me planteé ‘cómo se lo digo’? ¿Hablé o preferí callar? ¿Entiendo el proceso que Jesús nos indica, estoy dispuesto a ponerlo en práctica con y por amor a Dios y al prójimo?

Cuando nos tengamos que hacer la pregunta: ‘¿Cómo se lo digo?’ el primer paso será ponernos en oración y pedir al Señor que sepamos hablar con y por amor, que su Espíritu ponga en nuestros labios las palabras oportunas, que si es necesario haya personas que nos acompañen y ayuden, para que poder llegar al encuentro con la otra persona y que así los dos podamos salvar nuestra vida.

 


 


 

viernes, 28 de agosto de 2026

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Domingo 30 de agosto de 2026

 PRIMERA LECTURA:

"La palabra del Señor me ha servido de oprobio” (Jeremías 20, 7-9)

Lectura del libro de Jeremías.

Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir; has sido más fuerte que yo y me has podido. He sido a diario el hazmerreír, todo el mundo se burlaba de mí. Cuando hablo, tengo que gritar, proclamar violencia y destrucción. La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario. Pensé en olvidarme del asunto y dije: «No lo recordaré; no volveré a hablar en su nombre»; pero había en mis entrañas como fuego, algo ardiente encerrado en mis huesos. Yo intentaba sofocarlo, y no podía.

Palabra de Dios.

 SALMO:

"Mi alma está sedienta de Ti, Señor, Dios mío” (Salmo 62)

R.  Mi alma está sedienta de ti, Señor, Dios mío.

V.  Oh, Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo, mi alma está sedienta de ti; mi carne tiene ansia de ti, como tierra reseca, agostada, sin agua. /R. 

V.  ¡Cómo te contemplaba en el santuario viendo tu fuerza y tu gloria! Tu gracia vale más que la vida, te alabarán mis labios. /R. 

V.  Toda mi vida te bendeciré y alzaré las manos invocándote. Me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos. /R. 

V.  Porque fuiste mi auxilio, y a la sombra de tus alas canto con júbilo. Mi alma está unida a ti, y tu diestra me sostiene. /R. 

 SEGUNDA LECTURA:

"Presentad vuestros cuerpos como sacrificio vivo” (Romanos 12, 1-2)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Os exhorto, hermanos, por la misericordia de Dios, a que presentéis vuestros cuerpos como sacrificio vivo, santo, agradable a Dios; este es vuestro culto espiritual. Y no os amoldéis a este mundo, sino transformaos por la renovación de la mente, para que sepáis discernir cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto.

Palabra de Dios.

 EVANGELIO:

"Si alguno quiere venir en pos de Mí, que se niegue a sí mismo” (Mateo 16, 21-27)

Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que él tenía que ir a Jerusalén y padecer mucho de parte de los ancianos del pueblo, de los sumos sacerdotes y de los maestros de la ley, ser matado y resucitar al tercer día. Pedro se lo llevó aparte y se puso a reprenderle: «¡Dios te libre, Señor! ¡No te sucederá eso!». Pero él, volviéndose, le dijo: «¡Apártate de mí, Satanás!, pues eres un obstáculo para mí, porque tus sentimientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Luego dijo a sus discípulos: «El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame. Porque el que quiera salvar su vida la perderá, pero el que pierda su vida por mí la encontrará. ¿Qué le vale al hombre ganar el mundo entero si pierde su vida? ¿Y qué dará el hombre a cambio de su vida? Porque el hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras.

“SEDUCIDOS”

VER. –

Seducir consiste en inducir o atraer a una persona hacia alguien o algo, utilizando diferentes recursos y artimañas para ello. Aunque la seducción se produce en muchos ámbitos, es en lo referente al amor donde más podemos constatarlo, siendo un tema clásico en la literatura y en el cine: una persona se ve seducida por otra, y su vida da un vuelco. Unas veces, esa seducción termina bien, porque ha servido para conocer al amor de su vida; pero otras veces, la seducción ciega a la persona, que toma decisiones erróneas y acaba echando a perder su vida.

 JUZGAR. –

La seducción también forma parte del proceso de fe. Aunque, lamentablemente, muchos miembros de la Iglesia lo son por ‘herencia’, porque sus familias siempre han sido católicas, otros han llegado a la Iglesia como fruto de una seducción, que sintieron al formar parte de un grupo, o en un encuentro o jornada, o una oración o celebración, o al ver el testimonio de personas creyentes… Así conocieron a Jesucristo, se sintieron seducidos y arrebatados por lo que estaban experimentando, y eso les llevó a dar un vuelco a su vida y a empezar a caminar como cristianos.

Pero, igual que ocurre en el amor humano, si no se dan los pasos adecuados, esta seducción inicial por Jesucristo puede acabar bien, o puede acabar mal, y en la Palabra de Dios hemos escuchado dos ejemplos de seducción por parte de Dios, que parece que acaban mal.

En la 1ª lectura, el profeta Jeremías se lamentaba: “Me sedujiste, Señor, y me dejé seducir…” Jeremías había experimentado con fuerza la llamada de Dios: “Antes de formarte en el vientre, te elegí… Yo estoy contigo para librarte… Voy a poner mis palabras en tu boca… No les tengas miedo…” (cfr. Jer 1, 4-19) Esta llamada le arrebató y se puso a profetizar, pero después se da cuenta de lo que supone ser profeta: “He sido a diario el hazmerreír… La palabra del Señor me ha servido de oprobio y desprecio a diario…” Y se arrepiente de haberse dejado llevar: “Pensé en olvidarme del asunto”.

En el Evangelio, Pedro también se había visto seducido por Jesús cuando lo llamó: “No temas; desde ahora serás pescador de hombres”. Pedro se sintió arrebatado y empezó a seguir a Jesús. Como vimos el domingo pasado, incluso recibió elogios por parte de Él: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… Te daré las llaves del Reino de los cielos”. Pero hoy, al escuchar a Jesús, que “comenzó a manifestar a sus discípulos que tenía que ir a Jerusalén y padecer allí mucho…” se da cuenta de lo que supone seguirle y lo rechaza: “¡Lejos de ti tal cosa, Señor! ¡Eso no puede pasarte!”, lo que provoca una fuerte reprimenda por parte de Jesús: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! Porque tú piensas como los hombres, no como Dios”.

La Palabra de Dios hoy nos previene del peligro de ‘dejarnos seducir’ por los aspectos más ‘bonitos’ o gratificantes de la fe en Jesucristo, sin tener en cuenta la cruz. Como indicó la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe en su documento sobre el papel de las emociones en el acto de fe (3-4), «han surgido muchos movimientos y asociaciones eclesiales en los cuales tienen un peso importante las emociones y los sentimientos, que provocan un primer ‘impacto’ en la persona y conducen a la conversión y a la adhesión a Cristo. Sin embargo, existe el riesgo de un reduccionismo ‘emotivista’ de la fe, que lleva a muchas personas a convertirse en consumidoras de experiencias de impacto y buscadoras de la complacencia del sentimiento espiritual».

Y así, cuando esa complacencia deja de darse, se dan cuenta de lo que supone de verdad ser cristianos y ya no están dispuestos a asumir «la configuración de la vida con el Señor, el discipulado en la Iglesia y el apostolado como testigos de Cristo muerto y resucitado en medio del mundo». Y, como Jeremías, se arrepienten de haberse dejado seducir, y como Pedro, rechazan lo que supone ser de verdad cristianos.

 ACTUAR. -

Es bueno que nos sintamos seducidos por Jesús, pero tras ese arrebato inicial hay continuar con el proceso de fe. Hemos de aprender a “pensar como Dios”, no tanto queriendo entender su ‘lógica’, sino practicándola en lo cotidiano: negarse uno mismo, tomar la cruz, perder la vida… Como decía san Pablo, presentar nuestros cuerpos como “sacrificio vivo”, no amoldarnos a este mundo, renovar nuestra mente, aprender a discernir cuál es la voluntad de Dios… Todo en hechos concretos.

En definitiva, «el seguidor de Jesús es el creyente que se enamora y se deja seducir por Jesucristo, por lo tanto vive una interpresencia con Él que lo invade todo y como consecuencia vive entregado plenamente a la causa del Señor» (ACG Llamados por la gracia de Cristo-9), aunque tenga que tomar su cruz e incluso ‘perder la propia vida’.




 


 

 

 

 

 

sábado, 22 de agosto de 2026

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Domingo 23 de agosto de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David” (Isaías 22, 19-23)

Lectura del libro de Isaías.

Esto dice el Señor a Sobná, mayordomo de palacio: «Te echaré de tu puesto,

te destituirán de tu cargo. Aquel día llamaré a mi siervo, a Eliaquín, hijo de Esquías, le vestiré tu túnica, le ceñiré tu banda, le daré tus poderes; será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá. Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro, será un trono de gloria para la estirpe de su padre».

Palabra de Dios.

SALMO:

"Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos” (Salmo 137)

R.  Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos.

V.  Te doy gracias, Señor, de todo corazón, porque escuchaste las palabras de mi boca; delante de los ángeles tañeré para ti; me postraré hacia tu santuario. /R. 

V.  Daré gracias a tu nombre: por tu misericordia y tu lealtad, porque tu promesa supera tu fama. Cuando te invoqué, me escuchaste, acreciste el valor en mi alma. /R. 

V.  El Señor es sublime, se fija en el humilde, y de lejos conoce al soberbio. Señor, tu misericordia es eterna, no abandones la obra de tus manos. /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"De Él, por Él y para Él existe todo” (Romanos 11, 33-36)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

¡Qué abismo de riqueza, de sabiduría y de conocimiento el de Dios! ¡Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! En efecto, ¿quién conoció la mente del Señor? O ¿quién fue su consejero? O ¿quién le ha dado primero para tener derecho a la recompensa? Porque de él, por él y para él existe todo. A él la gloria por los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

 

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

V.  Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

 

EVANGELIO:

"Tú eres Pedro, y te daré las llaves del reino de los cielos” (Mateo 16, 13-20)

Al llegar Jesús a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos: «¿Quién dice la gente que es el hijo del hombre?». Ellos le dijeron: «Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que Jeremías o uno de los profetas». Él les dijo: «Vosotros, ¿quién decís que soy yo?». Simón tomó la palabra y dijo: «Tú eres el mesías, el hijo del Dios vivo». Jesús le respondió: «Dichoso tú, Simón, hijo de Juan, porque eso no te lo ha revelado la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Yo te digo que tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Te daré las llaves del reino de Dios; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos». Entonces ordenó a sus discípulos que no dijesen a nadie que él era el mesías.

EL PRIMADO DE PEDRO

VER. -

Si escuchamos o leemos una misma noticia en diferentes medios, nos daremos cuenta de que, siendo el hecho el mismo para todos, cada uno acentúa un aspecto del mismo, a veces incluso focalizando toda la noticia en el aspecto que, por lo que sea, interesa a ese medio. Si quien lee o escucha la noticia no tiene sentido crítico, puede recibir una información parcial o deformada.

JUZGAR. –

En el Evangelio hemos escuchado dos preguntas que Jesús hace a sus discípulos. Él ya lleva tiempo anunciando el Evangelio y ‘es noticia’, la gente lo ha visto o ha oído hablar de Él, y por eso pregunta: “¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?” Y, como ocurre con otras noticias, las opiniones son variadas: “Unos que Juan el Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas”. Ante la misma ‘noticia’ que es Jesús, la gente hace interpretaciones diferentes, que resultan parciales.

De ahí la siguiente pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” Y también, en este caso, seguramente las respuestas serían muy variadas.

En este pasaje, Jesús utiliza por primera vez la palabra ‘Iglesia’, y lo hace dirigiéndose directamente a “Simón, hijo de Jonás: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia”. Pedro es quien ha dado ‘la respuesta correcta’ (“Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”), pero no lo ha hecho desde sus propios conocimientos: “eso no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos”.

Jesús no quiere que sus discípulos, y después los miembros de su Iglesia, den ‘opiniones’ sobre Él, cada uno desde su punto de vista. Y, para ello, se va a servir de Pedro, que a partir de entonces será el representante del grupo de los discípulos, y otorgándole una función especial dentro de la Iglesia, que empezará su andadura después de Pentecostés: “Te daré las llaves del Reino de los cielos; lo que ates en la tierra, quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos”.

Cuando todavía resuenan los ecos de la visita del Papa León XIV a España, hoy la Palabra de Dios nos invita a reflexionar sobre lo que en la Iglesia hemos denominado ‘el primado de Pedro’, la doctrina teológica que sostiene que el Apóstol Pedro recibió de Jesús una posición de autoridad y preeminencia sobre el resto de los Apóstoles y la Iglesia entera, y que tiene su fundamento en este pasaje. No se trata de que Pedro y sus sucesores, los Papas, puedan ejercer un ‘poder’ ilimitado y arbitrario; es un servicio, como ya anticipaba el profeta Isaías en la 1ª lectura: “Llamaré a mi siervo… será padre para los habitantes de Jerusalén y para el pueblo de Judá. Pongo sobre sus hombros la llave del palacio de David: abrirá y nadie cerrará; cerrará y nadie abrirá. Lo clavaré como una estaca en un lugar seguro”.

Jesús es el ‘dueño’ de las llaves, y las confía a Pedro y sus sucesores, pero para que ‘abran y cierren’ como Él lo haría: desde el servicio, la misericordia y el amor entregado hasta el extremo.

El primado de Pedro consiste en ser ‘siervo de los siervos de Dios’. Pedro y sus sucesores tienen la responsabilidad de confirmar en la fe a sus hermanos. El Papa, como sucesor de Pedro, es el ‘medio oficial’ por el que Dios nos ayuda a profundizar en el Evangelio, para que no haya ‘opiniones’, sino que quede manifiesta la Verdad que es Cristo. No todo lo que dice el Papa es ‘infalible’, ni ‘dogma de fe’, pero sí que es la voz más autorizada para acercarnos a Dios.

Y el primado de Pedro también significa la unidad de toda la Iglesia, en la diversidad de sus miembros, vocaciones, carismas y ministerios. Pedro y sus sucesores no son ‘líderes’ que arrastran a muchos seguidores anónimos, sino que son la representación de todo el cuerpo, cuya cabeza es Cristo, unidos en la misma misión evangelizadora, dando a conocer quién es Jesús, una misión que se lleva a cabo según las diferentes vocaciones, pero en sinodalidad, caminando juntos.

ACTUAR. –

Cuando todavía resuenan los ecos de la visita del Papa León XIV a España, conviene que nos preguntemos si nos hemos centrado sobre todo en su persona, o si seguimos teniendo en cuenta sus palabras para que nos ayuden a ‘confirmarnos en la fe’ y saber responder a la pregunta de Jesús: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?”, no desde ‘nuestra opinión’, sino desde la verdadera fe.

Como en cada Eucaristía, pidamos por el Papa, el que sea, como sucesor de Pedro, dando gracias al Señor porque, por medio del primado de Pedro, sigue acompañando y guiando a su Iglesia.



jueves, 13 de agosto de 2026

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Domingo 16 de agosto de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"A los extranjeros los traeré a mi monte santo” (Isaías 56, 1.6-7)

Lectura del libro de Isaías.

Esto dice el Señor: «Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi justicia se va a manifestar. A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observan el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos».

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (Salmo 66)

R.  Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

V.  Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. /R. 

V.  Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia y gobiernas las naciones de la tierra. /R. 

V.  Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra. /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel” (Romanos 11, 13-15.29-32)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos: A vosotros, gentiles, os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos. Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

Palabra de Dios.

 

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

V.  Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia en el pueblo.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya


EVANGELIO:

"Mujer, qué grande es tu fe” (Mateo 15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.

ANTE “LOS GENTILES” DE HOY

VER. –

Hace unas semanas llamaba la atención una noticia: en Sudáfrica se estaba produciendo un aumento de ataques hacia personas que estaban llegando procedentes de otros países. Resultaba llamativo que estos ataques se produjeran en un país que durante décadas sufrió el ‘apartheid’, un sistema de segregación racial y discriminación institucionalizada que implicaba la separación física de las razas y la privación de derechos políticos y civiles para la población no blanca. El recelo, como mínimo, y a veces el rechazo explícito, hacia quien se considera diferente por cualquier motivo ha estado siempre presente en la historia humana, y lamentablemente continúa estándolo.

 

JUZGAR. –

Esto lo encontramos recogido también en la Biblia. En el Antiguo Testamento se llama ‘gentiles’ a todos los pueblos del mundo distintos al Pueblo de Dios, a los que se rechaza y se les ve también como posibles enemigos; y en el Nuevo Testamento los gentiles son todos los no cristianos, los que no han recibido el Evangelio o no lo han querido recibir. Y también, hoy en día, algunos que se consideran cristianos siguen haciendo distinciones con los gentiles de hoy, como indicó el Papa Francisco en “Fratelli tutti” 86: «todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes». Sin embargo, en la Palabra de Dios encontramos que esta postura de rechazo hacia ‘los gentiles’ de hoy no es admisible, menos aún en quienes afirman que creen en el Dios que se nos ha revelado en Jesús. En la 1ª lectura, el profeta Isaías indica que Dios abre su salvación “a los extranjeros que se han unido al Señor…” y que éstos tendrán la misma consideración que los demás como miembros de su pueblo. También san Pablo, en la 2ª lectura, se denomina a sí mismo “apóstol de los gentiles”. Y en el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con una ‘gentil’, una mujer cananea. En un primer momento, parece que nos encontramos con un comportamiento inaudito por parte de Jesús: ante los gritos de la mujer (“Ten compasión de mí…”) muestra indiferencia: “Él no respondió nada”; a continuación, un ejemplo de racismo, de ‘apartheid’: “Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”; para finalizar con un insulto: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.

Pero Jesús está sirviéndose de este encuentro con la mujer cananea para mostrarnos que Él ha venido a establecer un pueblo sin fronteras y sin discriminaciones, que el Reino de Dios está abierto también a los gentiles. Ella sale al encuentro de Jesús llamándole “Señor Hijo de David”, con lo que está afirmando su vinculación con Dios; y por su insistencia, que no se arredra ante el aparente desprecio (“también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa…”), Jesús la muestra como ejemplo: “Mujer, qué grande es tu fe”. Jesús acoge a toda persona que se acerca a Él con fe, sea de donde sea. La Palabra de Dios nos hace una llamada a superar todo tipo de rechazo, más o menos explícito, hacia ‘los gentiles de hoy’, y a proponer el Evangelio a todas las personas, acogiendo en la Iglesia, como nuevo Pueblo de Dios, a quienes quieran seguir a Cristo, sea cual sea su raza o cultura.

Así nos lo recordó el Papa León, en su visita a España, durante su encuentro con migrantes, y daba un punto de partida muy claro: «Hablamos, ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de categorías jurídicas o de problemas que administrar. Porque más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad».

El Papa señaló que «las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia. El corazón está llamado a ensancharse, necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía».

 

ACTUAR. –

¿Hay personas o grupos a los que, en mi interior, considero ‘gentiles’? ¿Cuál es mi actitud hacia ellos: indiferencia, recelo, rechazo…? ¿Qué debo cambiar para acogerles, como hizo Jesús?

Como miembros del Pueblo de Dios, hemos de recordar que Dios “ha llamado no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles” (Rom 9, 24). Ante ‘los gentiles’ de hoy, como dijo el Papa León, hemos de dejar que «el Evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo»”.