jueves, 13 de agosto de 2026

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Domingo 16 de agosto de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"A los extranjeros los traeré a mi monte santo” (Isaías 56, 1.6-7)

Lectura del libro de Isaías.

Esto dice el Señor: «Observad el derecho, practicad la justicia, porque mi salvación está por llegar, y mi justicia se va a manifestar. A los extranjeros que se han unido al Señor para servirlo, para amar el nombre del Señor y ser sus servidores, que observan el sábado sin profanarlo y mantienen mi alianza, los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en mi casa de oración; sus holocaustos y sacrificios serán aceptables sobre mi altar; porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán todos los pueblos».

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben” (Salmo 66)

R.  Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben.

V.  Que Dios tenga piedad y nos bendiga, ilumine su rostro sobre nosotros; conozca la tierra tus caminos, todos los pueblos tu salvación. /R. 

V.  Que canten de alegría las naciones, porque riges el mundo con justicia y gobiernas las naciones de la tierra. /R. 

V.  Oh, Dios, que te alaben los pueblos, que todos los pueblos te alaben. Que Dios nos bendiga; que le teman todos los confines de la tierra. /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"Los dones y la llamada de Dios son irrevocables para Israel” (Romanos 11, 13-15.29-32)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos: A vosotros, gentiles, os digo: siendo como soy apóstol de los gentiles, haré honor a mi ministerio, por ver si doy celos a los de mi raza y salvo a algunos de ellos. Pues si su rechazo es reconciliación del mundo, ¿qué no será su reintegración sino volver desde la muerte a la vida? Pues los dones y la llamada de Dios son irrevocables. En efecto, así como vosotros, en otro tiempo, desobedecisteis a Dios, pero ahora habéis obtenido misericordia por la desobediencia de ellos, así también estos han desobedecido ahora con ocasión de la misericordia que se os ha otorgado a vosotros, para que también ellos alcancen ahora misericordia. Pues Dios nos encerró a todos en desobediencia, para tener misericordia de todos.

Palabra de Dios.

 

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

V.  Jesús proclamaba el evangelio del reino, y curaba toda dolencia en el pueblo.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya


EVANGELIO:

"Mujer, qué grande es tu fe” (Mateo 15, 21-28)

En aquel tiempo, Jesús salió y se retiró a la región de Tiro y Sidón. Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle: «Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo». Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle: «Atiéndela, que viene detrás gritando». Él les contestó: «Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel». Ella se acercó y se postró ante él diciendo: «Señor, ayúdame». Él le contestó: «No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos». Pero ella repuso: «Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos». Jesús le respondió: «Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas». En aquel momento quedó curada su hija.

Palabra del Señor.

ANTE “LOS GENTILES” DE HOY

VER. –

Hace unas semanas llamaba la atención una noticia: en Sudáfrica se estaba produciendo un aumento de ataques hacia personas que estaban llegando procedentes de otros países. Resultaba llamativo que estos ataques se produjeran en un país que durante décadas sufrió el ‘apartheid’, un sistema de segregación racial y discriminación institucionalizada que implicaba la separación física de las razas y la privación de derechos políticos y civiles para la población no blanca. El recelo, como mínimo, y a veces el rechazo explícito, hacia quien se considera diferente por cualquier motivo ha estado siempre presente en la historia humana, y lamentablemente continúa estándolo.

 

JUZGAR. –

Esto lo encontramos recogido también en la Biblia. En el Antiguo Testamento se llama ‘gentiles’ a todos los pueblos del mundo distintos al Pueblo de Dios, a los que se rechaza y se les ve también como posibles enemigos; y en el Nuevo Testamento los gentiles son todos los no cristianos, los que no han recibido el Evangelio o no lo han querido recibir. Y también, hoy en día, algunos que se consideran cristianos siguen haciendo distinciones con los gentiles de hoy, como indicó el Papa Francisco en “Fratelli tutti” 86: «todavía hay quienes parecen sentirse alentados o al menos autorizados por su fe para sostener diversas formas de actitudes xenófobas, desprecios e incluso maltratos hacia los que son diferentes». Sin embargo, en la Palabra de Dios encontramos que esta postura de rechazo hacia ‘los gentiles’ de hoy no es admisible, menos aún en quienes afirman que creen en el Dios que se nos ha revelado en Jesús. En la 1ª lectura, el profeta Isaías indica que Dios abre su salvación “a los extranjeros que se han unido al Señor…” y que éstos tendrán la misma consideración que los demás como miembros de su pueblo. También san Pablo, en la 2ª lectura, se denomina a sí mismo “apóstol de los gentiles”. Y en el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con una ‘gentil’, una mujer cananea. En un primer momento, parece que nos encontramos con un comportamiento inaudito por parte de Jesús: ante los gritos de la mujer (“Ten compasión de mí…”) muestra indiferencia: “Él no respondió nada”; a continuación, un ejemplo de racismo, de ‘apartheid’: “Sólo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel”; para finalizar con un insulto: “No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos”.

Pero Jesús está sirviéndose de este encuentro con la mujer cananea para mostrarnos que Él ha venido a establecer un pueblo sin fronteras y sin discriminaciones, que el Reino de Dios está abierto también a los gentiles. Ella sale al encuentro de Jesús llamándole “Señor Hijo de David”, con lo que está afirmando su vinculación con Dios; y por su insistencia, que no se arredra ante el aparente desprecio (“también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa…”), Jesús la muestra como ejemplo: “Mujer, qué grande es tu fe”. Jesús acoge a toda persona que se acerca a Él con fe, sea de donde sea. La Palabra de Dios nos hace una llamada a superar todo tipo de rechazo, más o menos explícito, hacia ‘los gentiles de hoy’, y a proponer el Evangelio a todas las personas, acogiendo en la Iglesia, como nuevo Pueblo de Dios, a quienes quieran seguir a Cristo, sea cual sea su raza o cultura.

Así nos lo recordó el Papa León, en su visita a España, durante su encuentro con migrantes, y daba un punto de partida muy claro: «Hablamos, ante todo, de personas creadas a imagen y semejanza de Dios, antes que de categorías jurídicas o de problemas que administrar. Porque más allá de nuestro lugar de proveniencia, el amor de Dios no conoce fronteras, no hace distinciones, se da a todos y nos congrega en la unidad».

El Papa señaló que «las barreras más difíciles de derribar no siempre son de piedra. A veces están en la mirada, en el miedo o en la indiferencia. El corazón está llamado a ensancharse, necesitamos aprender el lenguaje de la cercanía».

 

ACTUAR. –

¿Hay personas o grupos a los que, en mi interior, considero ‘gentiles’? ¿Cuál es mi actitud hacia ellos: indiferencia, recelo, rechazo…? ¿Qué debo cambiar para acogerles, como hizo Jesús?

Como miembros del Pueblo de Dios, hemos de recordar que Dios “ha llamado no sólo de entre los judíos, sino también de entre los gentiles” (Rom 9, 24). Ante ‘los gentiles’ de hoy, como dijo el Papa León, hemos de dejar que «el Evangelio nos eduque en una lectura más honda de la realidad: la que nace de la cercanía, de la paciencia y de unas manos capaces de socorrer, acompañar, orientar, enseñar y abrir caminos. Evangelizar es compartir con respeto y humildad el tesoro que sostiene nuestra acción y nuestra esperanza. Una Iglesia que acoge es también una Iglesia que anuncia, ofreciendo a Cristo sin imponerlo»”.



sábado, 8 de agosto de 2026

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO - CICLO A

Domingo 9 de agosto de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"Permanece de pie en el monte ante el Señor” (1 Reyes 19, 9a.11-13a)

Lectura del primer libro de los Reyes.

En aquellos días, cuando Elías llegó hasta el Horeb, el monte de Dios, se introdujo en la cueva y pasó la noche. Le llegó la palabra del Señor, que le dijo: «Sal y permanece de pie en el monte ante el Señor». Entonces pasó el Señor y hubo un huracán tan violento que hendía las montañas y quebraba las rocas ante el Señor, aunque en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán, un terremoto, pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto fuego, pero en el fuego tampoco estaba el Señor. Después del fuego, el susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, cubrió su rostro con el manto, salió y se mantuvo en pie a la entrada de la cueva.

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación” (Salmo 84)

R.  Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.

V.  Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos». La salvación está cerca de los que lo temen, y la gloria habitará en nuestra tierra. /R. 

V.  La misericordia y la fidelidad se encuentran, la justicia y la paz se besan; la fidelidad brota de la tierra, y la justicia mira desde el cielo. /R. 

V.  El Señor nos dará la lluvia, y nuestra tierra dará su fruto. La justicia marchará ante él, y sus pasos señalarán el camino. /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"Desearía ser un proscrito por el bien de mis hermanos” (Romanos 9, 1-5)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos: Digo la verdad en Cristo, no miento —mi conciencia me atestigua que es así, en el Espíritu Santo—: siento una gran tristeza y un dolor incesante en mi corazón; pues desearía ser yo mismo un proscrito, alejado de Cristo, por el bien de mis hermanos, los de mi raza según la carne: ellos son israelitas y a ellos pertenecen el don de la filiación adoptiva, la gloria, las alianzas, el don de la ley, el culto y las promesas; suyos son los patriarcas y de ellos procede el Cristo, según la carne; el cual está por encima de todo, Dios bendito por los siglos. Amén.

Palabra de Dios.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

V.  Espero en el Señor, espero en su palabra.

R.  Aleluya, aleluya, aleluya.

 

EVANGELIO:

"Mándame ir hacia Ti sobre el agua” (Mateo 14, 22-33)

+  Lectura del santo Evangelio según san Mateo.

Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca y se le adelantaran a la otra orilla, mientras él despedía a la gente. Y después de despedir a la gente subió al monte a solas para orar. Llegada la noche estaba allí solo. Mientras tanto la barca iba ya muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. A la cuarta vela de la noche se les acercó Jesús andando sobre el mar. Los discípulos, viéndole andar sobre el agua, se asustaron y gritaron de miedo, diciendo que era un fantasma. Jesús les dijo enseguida: «¡Ánimo, soy yo, no tengáis miedo!». Pedro le contestó: «Señor, si eres tú, mándame ir a ti sobre el agua». Él le dijo: «Ven». Pedro bajó de la barca y echó a andar sobre el agua acercándose a Jesús; pero, al sentir la fuerza del viento, le entró miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame». Enseguida Jesús extendió la mano, lo agarró y le dijo: «¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?». En cuanto subieron a la barca amainó el viento. Los de la barca se postraron ante él diciendo: «Realmente eres Hijo de Dios».

Palabra del Señor.

EN LAS HORAS OSCURAS

VER. –

Todos los que hemos cuidado a enfermos ingresados en un hospital sabemos que la noche se hace muy larga. Hay unas horas de la madrugada que parecen las más oscuras: parece que los minutos no avanzan, el cansancio nos pesa, nos sentimos más vulnerables y la cabeza se nos dispara y nos vienen muchos pensamientos negativos, que nos resulta difícil rechazar. Esta experiencia se da también en otros aspectos de nuestra vida: hay ‘horas oscuras’, situaciones difíciles que se hacen muy largas, para las que no se ve una salida, y el cansancio y la desesperanza van en aumento.

JUZGAR. –

Hemos escuchado en el Evangelio: “Después de que la gente se hubo saciado, Jesús apremió a sus discípulos a que subieran a la barca… La barca iba muy lejos de tierra, sacudida por las olas, porque el viento era contrario. Y era a la cuarta vela de la noche…” entre las 3 y las 6 de la madrugada, las ‘horas más oscuras’ de la noche.

Este pasaje refleja la experiencia de las ‘horas oscuras’. Como los discípulos, vamos ‘navegando’ en la barca de nuestra vida, una vida en la que la fe está presente, pero en un momento dado nos llegan las ‘horas oscuras’: problemas, incertidumbres, amenazas… de muchos tipos. Y nos sentimos también sacudidos, inseguros, todo se tambalea… Unas veces, mal que bien, vamos capeando el temporal; pero otras veces, como Pedro, sentimos mucho miedo y que nos hundimos.

En esas ‘horas oscuras’ es donde debemos escuchar, una vez más, las palabras de Jesús: “¡Hombre de poca fe! ¿Por qué has dudado?” No como una riña o reproche, sino como una invitación a la reflexión.

Quizá seguimos manteniendo la idea de que la fe cristiana es una especie de ‘seguro a todo riesgo’, y que, si por nuestra parte cumplimos lo estipulado (oración, Eucaristía, comportamiento moral…) nos vamos a ver protegidos de problemas, incertidumbres y amenazas. Y por eso, cuando nos llegan las ‘horas oscuras’, sentimos miedo, porque se nos olvida que, aunque seamos cristianos, sufrimos como los demás todos los sinsabores que la vida nos presenta.

Quizá es que decimos que tenemos fe, pero en realidad no nos fiamos verdaderamente de Jesús. Le pedimos que ‘nos ayude’ en nuestros planes y proyectos, pero seguimos apoyándonos sobre todo en nuestras propias fuerzas y capacidades, y por eso, cuando en las ‘horas oscuras’ nos faltan las fuerzas y nos vemos impotentes ante las circunstancias, sentimos que nos hundimos.

Pero en la Palabra de Dios, el tramo final de la noche, la cuarta vigilia, las horas más oscuras, es considerado un tiempo de intervención divina. Así le ocurrió a Jacob en su lucha con el ángel, cuando recibió su bendición (cfr. Gn 32, 25ss); o el paso del pueblo de Israel por el Mar Rojo (cfr. Ex 14, 20ss); y, como hemos escuchado hoy, es el momento en el que “Jesús se acercó andando sobre el mar, y les dijo enseguida: «¡Animo, soy yo, no tengáis miedo!»” Y extendió la mano y agarró a Pedro.

Hoy el Señor nos recuerda que, en nuestras ‘horas oscuras’, Él viene a nosotros; que, como escuchábamos el domingo pasado, nada ni nadie “podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor” (Rom 8, 37-39), y que nos acompaña y extiende la mano para sostenernos. Pero hemos de aprender a fiarnos verdaderamente de Él.

Como dijo el Papa Benedicto XVI en ‘Dios es amor’ 1: «No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida y, con ello, una orientación decisiva». La fe cristiana nos es simplemente ‘algo que se cree’: es una relación personal con Jesús y, como toda relación, necesita cuidarse, alimentarse, y vivirla en todas las etapas de nuestra vida, en las horas de bonanza y en las ‘horas oscuras’ de los sufrimientos.

ACTUAR. –

¿He vivido o estoy viviendo ‘horas oscuras’? ¿Me ayuda la fe en Jesús, o siento que me hundo?

Es normal que, aunque tenemos fe, ante las adversidades sintamos muchas dudas. La fe se vive en un claro-oscuro, del cual ni la Virgen María se vio libre, por eso ‘meditaba estas cosas en su corazón’. Necesitamos cuidar la oración como diálogo con el Señor, y vivir la Eucaristía dominical como un verdadero encuentro con el Señor. Él nos dice a cada uno: ‘Ven’, y se acerca en su Palabra, y nos tiende su mano con su Cuerpo y Sangre, para que, aunque estemos en las ‘’horas más oscuras’, podamos postrarnos ante Él y decir con verdadera fe: “Realmente eres Hijo de Dios”.