viernes, 6 de marzo de 2026

DOMINGO III DE CUARESMA - CICLO A

DOMINGO III DE CUARESMA - CICLO A

Domingo 8 de marzo de 2026

 

PRIMERA LECTURA:

"Danos agua de beber” (Éxodo 17, 3-7)

Lectura del libro del Éxodo.

En aquellos días, el pueblo, sediento, murmuró contra Moisés, diciendo: «¿Por qué nos has sacado de Egipto para matarnos de sed a nosotros, a nuestros hijos y a nuestros ganados?». Clamó Moisés al Señor y dijo: «¿Qué puedo hacer con este pueblo? Por poco me apedrean». Respondió el Señor a Moisés: «Pasa al frente del pueblo y toma contigo algunos de los ancianos de Israel; empuña el bastón con el que golpeaste el Nilo y marcha. Yo estaré allí ante ti, junto a la roca de Horeb. Golpea la roca, y saldrá agua para que beba el pueblo». Moisés lo hizo así a la vista de los ancianos de Israel. Y llamó a aquel lugar Masá y Meribá, a causa de la querella de los hijos de Israel y porque habían tentado al Señor, diciendo: «¿Está el Señor entre nosotros o no?».

Palabra de Dios.

 

SALMO:

"Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón»” (Salmo 94)

R.  Ojalá escuchéis hoy la voz del Señor: «No endurezcáis vuestro corazón».

V.  Venid, aclamemos al Señor, demos vítores a la Roca que nos salva; entremos a su presencia dándole gracias, aclamándolo con cantos. /R. 

V.  Entrad, postrémonos por tierra, bendiciendo al Señor, creador nuestro. Porque él es nuestro Dios, y nosotros su pueblo, el rebaño que él guía. /R. 

V.  Ojalá escuchéis hoy su voz: «No endurezcáis el corazón como en Meribá, como el día de Masá en el desierto; cuando vuestros padres me pusieron a prueba y me tentaron, aunque habían visto mis obras». /R. 

 

SEGUNDA LECTURA:

"El amor ha sido derramado en nosotros por el Espíritu que se nos ha dado” (Romanos 5, 1-2.5-8)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Romanos.

Hermanos: Habiendo sido justificados en virtud de la fe, estamos en paz con Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, por el cual hemos obtenido además por la fe el acceso a esta gracia, en la cual nos encontramos; y nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Y la esperanza no defrauda, porque el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado. En efecto, cuando nosotros estábamos aún sin fuerza, en el tiempo señalado, Cristo murió por los impíos; ciertamente, apenas habrá quien muera por un justo; por una persona buena tal vez se atrevería alguien a morir; pues bien: Dios nos demostró su amor en que, siendo nosotros todavía pecadores, Cristo murió por nosotros.

Palabra de Dios.

. . .

V.  Señor, tú eres de verdad el Salvador del mundo; dame agua viva, así no tendré más sed.

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EVANGELIO:

"Un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna” (Juan 4, 5-42)

En aquel tiempo, llegó Jesús a un pueblo de Samaria llamado Sicar, cerca del campo que dio Jacob a su hijo José: allí estaba el manantial de Jacob. Jesús, cansado del camino, estaba allí sentado junto al manantial. Era alrededor del mediodía. Llega una mujer de Samaria a sacar agua, y Jesús le dice: - Dame de beber. (Sus discípulos se habían ido al pueblo a comprar comida.) La samaritana le dice: - ¿Cómo tú, siendo judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? (Porque los judíos no se tratan con los samaritanos.) Jesús le contestó: - Si conocieras el don de Dios y quién es el que te pide de beber, le pedirías tú, y él te daría agua viva. La mujer le dice: - Señor, si no tienes cubo y el pozo es hondo, ¿de dónde sacas el agua viva?; ¿eres tú más que nuestro padre Jacob, que nos dio este pozo y de él bebieron él y sus hijos y sus ganados? Jesús le contesta: - El que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed; el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna. La mujer le dice: - Señor, dame ese agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla.

[Él le dice: - Anda, llama a tu marido y vuelve. La mujer le contesta: - No tengo marido. Jesús le dice: - Tienes razón, que no tienes marido: has tenido ya cinco y el de ahora no es tu marido. En eso has dicho la verdad. La mujer le dice:] - Señor, veo que tú eres un profeta. Nuestros padres dieron culto en este monte, y vosotros decís que el sitio donde se debe dar culto está en Jerusalén. Jesús le dice: - Créeme, mujer: se acerca la hora en que ni en este monte ni en Jerusalén daréis culto al Padre. Vosotros dais culto a uno que no conocéis; nosotros adoramos a uno que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero se acerca la hora, ya está aquí, en que los que quieran dar culto verdadero adorarán al Padre en espíritu y verdad, porque el Padre desea que le den culto así. Dios es espíritu, y los que le dan culto deben hacerlo en espíritu y verdad. La mujer le dice: - Sé que va a venir el Mesías, el Cristo; cuando venga él nos lo dirá todo. Jesús le dice: - Soy yo: el que habla contigo. [En esto llegaron sus discípulos y se extrañaban de que estuviera hablando con una mujer, aunque ninguno le dijo: «¿Qué le preguntas o de qué le hablas?». La mujer, entonces, dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: - Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿será éste el Mesías? Salieron del pueblo y se pusieron en camino adonde estaba él. Mientras tanto sus discípulos le insistían: - Maestro, come. Él les dijo: - Yo tengo por comida un alimento que vosotros no conocéis. Los discípulos comentaban entre ellos: - ¿Le habrá traído alguien de comer? Jesús les dijo: - Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió y llevar a término su obra. ¿No decís vosotros que faltan todavía cuatro meses para la cosecha? Yo os digo esto: levantad los ojos y contemplad los campos, que están ya dorados para la siega; el segador ya está recibiendo salario y almacenando fruto para la vida eterna: y así se alegran lo mismo sembrador y segador. Con todo, tiene razón el proverbio: «Uno siembra y otro siega». Yo os envié a segar lo que no habéis sudado. Otros sudaron y vosotros recogéis el fruto de sus sudores.] En aquel pueblo muchos samaritanos creyeron en él [por el testimonio que había dado la mujer: «Me ha dicho todo lo que he hecho».] Así, cuando llegaron a verlo los samaritanos, le rogaban que se quedara con ellos. Y se quedó dos días. Todavía creyeron muchos más por su predicación, y decían a la mujer: - Ya no creemos por lo que tú dices, nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que él es de verdad el Salvador del mundo.

Palabra del Señor.

SEÑOR, ¿YO TENGO SED DE TI?

VER. -

El Miércoles de Ceniza dijimos que el deseo y la pasión son dos impulsos constitutivos del ser humano. Y también experimentamos otras sensaciones que a veces se manifiestan con mucha fuerza; una de ellas es la sed, la necesidad de ingerir líquidos para regular el contenido de agua en nuestro cuerpo y que éste funcione correctamente.

JUZGAR. -

El Miércoles de Ceniza el Señor nos invitó a vivir la Cuaresma con verdadero deseo y pasión. El primer domingo de Cuaresma nos enseñó que debemos alimentarnos del Pan de la Palabra de Dios, para vencer la tentación y que mantenga bien encendidos nuestro deseo y pasión por convertirnos más al Señor. Y el domingo pasado se transfiguró para reavivar el deseo y la pasión de los discípulos, haciéndoles vivir una experiencia de lo que será la manifestación plena de su gloria. Y dijimos que también a nosotros nos regala experiencias de transfiguración, momentos muy personales y especiales de encuentro con Dios, a veces muy sencillos: una celebración, un tiempo de oración, una lectura, una conversación con alguien… que no eliminan las dificultades de la vida guiada por la fe, ni los otros problemas de la vida, pero nos dan fuerzas para afrontarlos con nuevo ánimo, porque reavivan nuestro deseo y pasión por seguir a Jesús.

En este tercer domingo de Cuaresma el Señor nos invita a que, a ese deseo y pasión, unamos la sed; nos invita a que, desde la experiencia de la sed física, reflexionemos sobre la sed espiritual, sed de Él, porque, además de la «necesidad de beber», es también el «apetito o deseo ardiente de algo». Y tenemos la experiencia de esos otros tipos de ‘sed’ que a menudo nos afectan: sed de amor, de felicidad, de verdad, de seguridad... y cómo nos afecta no poder saciar esa sed.

Unas veces experimentamos la sed por la dureza de las circunstancias que debemos vivir. En la 1ª lectura hemos escuchado que el pueblo de Israel, en su peregrinar por el desierto, “sediento, murmuró contra Moisés”, y se preguntaron: “¿Esté el Señor con nosotros o no?” Más allá de la necesidad de beber agua, las dificultades del camino hacen que el pueblo se cuestione la presencia de Dios. Y esto también nos ocurre a nosotros cuando atravesamos situaciones difíciles, que hacen que cuestionemos la fe: ‘¿Está Dios con nosotros? Y, si está, ¿por qué no me ayuda?’ Y nos quedamos ‘sedientos’.

Otras veces es simplemente el discurrir de los días, en su rutina y monotonía, lo que nos hace experimentar la sed de plenitud, de sentido a nuestra vida. En el Evangelio hemos escuchado el encuentro de Jesús con la mujer samaritana, que fue a sacar agua al pozo de Jacob. Para ella, ésa era la rutina diaria, trabajosa y sin mayor aliciente, pero Jesús sabe que, en el fondo, ella está ‘sedienta’ de algo más, que ha buscado saciar erróneamente (“no tienes marido: has tenido ya cinco…”)

Por eso, aunque en un primer momento ella sigue hablando de la necesidad de beber (“Señor, dame esa agua: así no tendré más sed, ni tendré que venir aquí a sacarla”), Jesús la ayuda a pasar al plano espiritual y a descubrir cuál es su verdadera sed: “el que bebe de esta agua vuelve a tener sed; pero el que beba del agua que yo le daré nunca más tendrá sed: el agua que yo le daré se convertirá dentro de él en un surtidor de agua que salta hasta la vida eterna”. Y ella entonces ve por fin saciada su sed: “dejó su cántaro, se fue al pueblo y dijo a la gente: «Venid a ver un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho; ¿será éste el Mesías?»”

También a nosotros nos afecta la rutina y la monotonía, sentimos ‘sed’ de algo que nos llene, y lo buscamos saciar por caminos equivocados, con actividades, distracciones… que nos siguen dejando sedientos porque, en el fondo, es sed de Dios, y sólo Él puede saciarnos.

ACTUAR. –

En la segunda estrofa del conocido canto ‘Hambre de Dios’, cantamos: «Señor, yo tengo sed de Ti, sediento estoy de Dios…» Y este tercer domingo de Cuaresma nos llama a preguntarnos si, del mismo modo que necesitamos beber para que nuestro cuerpo funcione correctamente, también sentimos verdadera sed de Dios y si buscamos saciarla con deseo y pasión para que nuestra alma ‘funcione’.

“Si conocieras el don de Dios…” La Cuaresma es el tiempo de gracia; aprovechémoslo para encontrarnos con Jesús de un modo tranquilo, como la samaritana, para ‘conocerle’ y dejar que Él nos dé su agua viva, la única que puede saciar de verdad nuestra sed de plenitud y felicidad eternas.




DOMINGO III DE CUARESMA - CICLO A