lunes, 18 de septiembre de 2017

LAS CINCO VIRTUDES DEL EVANGELIZADOR

Puede que sientas en tu interior la necesidad de hablar de Dios a tus amigos, a tus compañeros de trabajo, a tus familiares…, y no te sientas capacitado para ello o que, al hacerlo, no haya ido bien. Lo más importante es ponerse en las manos de Dios. El apostolado no es una tarea más, sobre todo es un encuentro con Cristo, que nos transforma de tal modo, que nos llena tanto, que se desborda y nos lleva, con naturalidad, a contárselo a todo el que nos rodea. Éstas son algunas pautas que pueden ayudarte a la hora de hablar de Jesús a los demás:
Alegría
Cuando hay un encuentro real con Cristo, el corazón se llena de alegría. Y esa alegría «es contagiosa y grita el anuncio, y ahí crece la Iglesia», explicaba el Papa Francisco durante la Misa de Acción de Gracias, hace un año, por la canonización de san José de Anchieta, el evangelizador de Brasil. «La Iglesia no crece por proselitismo, crece por atracción; la atracción testimonial de este gozo que anuncia Jesucristo», dijo a continuación el Santo Padre rememorando a su antecesor Benedicto XVI.
Un católico que se presenta triste y enfadado ante la vida y ante los que le rodean no atrae a nadie; al contrario, genera rechazo, necesariamente: ¿Quién va a querer acercarse a Cristo si tú, que dices que te has encontrado con Él, eres un tipo triste y aburrido? Ya lo dice el refrán: Un santo triste es un triste santo.
Ejemplo personal
Podremos dar mil argumentos teológicos muy buenos para intentar convencer a alguien de lo maravilloso que es acercarse a Cristo y vivir una vida de fe, que, si al terminar la conversación, te dedicas a despreciar a los que tienes alrededor, te intentas escaquear del trabajo, o defraudas a la menor ocasión, tus palabras habrán sido desautorizadas por tus obras. Por eso, «hay que salir con la fuerza de las obras», pedía el arzobispo de Madrid a los universitarios hace pocas semanas. «¿Y esto cómo se hace?», preguntó uno de los alumnos que escuchaban.
«Hace muchos años, en Torrelavega (Cantabria) –contó don Carlos Osoro en aquel encuentro–, yo vivía con otros cuatro curas. Veía que muchos jóvenes del pueblo de al lado deambulaban por la calle. Quise atenderles y alquilé una casa para irme a vivir con todos ellos. Éramos 18 chavales y yo, y con mi sueldo de cura no llegaba para afrontar todos los gastos. Le pedí permiso al obispo para dar clase en el instituto y así poder aumentar mis ingresos. Es verdad que, al poco de llegar, uno de los profesores me dijo: Tú, cura, vete a hacer tus cosas de cura, que nosotros nos quitaremos un poco de nuestro sueldo y te lo daremos a ti. Aquellos días, mi mejor pastoral no fue nada de lo que les decía a los jóvenes con los que vivía, sino las obras, los hechos que ellos veían».
Naturalidad
«Estoy aquí para quererte/estoy aquí para adorarte/estoy aquí para decirte/que yo también quiero ser tan natural», decía un muy famoso anuncio de una marca de bebidas. La naturalidad se hace querer, era el eslogan de aquella campaña. Y es que, cuando uno es natural, genera atracción, esa atracción de la que nos hablaba el Papa Benedicto. Por el contrario, lo que no es natural genera rechazo, lo que es estridente no atrae. Cuando un católico es coherente y vive su vida de fe con naturalidad ya está ofreciendo un testimonio evangelizador. Sus obras, las que le salen del corazón, estarán ofreciendo un gran ejemplo para los que le rodean.
De tú a tú
Paz Matudse quedó a solas con su compañera de escenario y fue en ese momento, delante de una copa, cuando le confesó sentirse enamorada de Jesucristo. Los chicos de Fearless!, a pesar de llegar a cientos de jóvenes, se preocupan por cada uno de ellos. También Gonzalo Paz se acerca a cada joven, y a cada mendigo, de forma personal, e invita, uno por uno, a que se acerquen al Señor. Dios llama a todos los hombres, uno por uno, a cada uno por su nombre. De esta forma Jesús llamó a los Doce, o se encontró, en el pozo, con la Samaritana. Y esto no es en detrimento del resto de acciones de evangelización que pueda atender a grandes multitudes, porque también Jesucristo dio de comer a 5.000 hombres poco antes de la Pascua judía.
Saber escuchar a los demás…

…para que luego los demás te escuchen a ti. «La gente está cansada de sermones. A veces, con sólo escuchar, ya estamos evangelizando. Muchas veces no es necesario poner mensajes expresamente religiosos, pero sí una actitud de escucha, ofrecer el testimonio de vida», explicaba Xiskya, co-fundadora de iMisión, a Alfa y Omega. La actitud de escucha es fundamental para comprender a la gente y sus circunstancias. La gente tiene necesidad de ser escuchada, de poder desahogarse con el hermano, de poder compartir sus miedos y alegrías. También la gente necesita una palabra de esperanza. Y nosotros necesitamos escuchar a Dios. «Hagamos silencio para escuchar a Dios», pedía el Papa Francisco en una de sus homilías en Santa Marta.