martes, 3 de octubre de 2017

La responsabilidad se aprende en casa

Hace algunos años se disponían a recibir la Confirmación un grupo de 24 adolescentes de nuestra parroquia. Pensamos que sería bueno hacer unos ejercicios espirituales de fin de semana antes de recibir el sacramento. Habíamos hecho convivencias, pero nunca ejercicios espirituales en silencio. «¡A ver qué pasa!», decíamos.
El desastre fue total. Fuimos a una casa de espiritualidad tranquila, donde podíamos rezar y meditar. Pero al poco de llegar uno de los chicos robó el móvil de otra chica. Intentamos buscar al responsable pero se tapaban unos a otros. Claro, el clima ya no era de oración. Lo sabían casi todos pero no decían nada. Unos lloraban –los amigos de la que había perdido su móvil–, otros insultaban y otros callaban. Más de la mitad mentía. Fue un fin de semana horrible.
El joven sacerdote que los acompañaba me llamó porque la cosa se le iba de las manos. Aquellos chavales, que parecían angelitos, resulta que mentían descaradamente. Tuvimos que interrumpir el retiro. A la vuelta descubrimos al culpable porque también vendía droga a otros. Por fin se destapó todo y confesó. Descubrimos que el ladrón se lo había vendido a otro chaval presente allí también.
Decidimos que más de la mitad, que estaban involucrados en el robo, la venta y el consumo de drogas, no se podían confirmar. Necesitaban más acompañamiento y un proceso más lento y profundo para superar todos sus males. Cuando se lo expliqué a los padres me sorprendió, sobre todo, que algunos no le daban importancia. Decían: «Que se confirmen, total, ya han confesado el robo». Comprendí que esos chavales estaban acostumbrados a hacer de todo, ya que nunca había consecuencias. En sus familias no habían aprendido a responder de sus actos, a hacerse cargo de las consecuencias de un error. Daba igual que robasen, porque al final todo seguía igual. Responsabilidad cero.
José Manuel Horcajo
Párroco de san Ramón Nonato. Madrid