lunes, 7 de mayo de 2018

DOMINGO VI DE PASCUA

COMENTARIO DEL EVANGELIO

Quizá  algunos  de  vosotros  hayáis  visto las fuentes de la Granja de San Ildefonso. Fuentes preciosas que conservan su instalación de agua desde que fueron construidas  hace  casi  tres  siglos.  Esta  instalación no funciona como las fuentes de muchos pueblos  y  ciudades,  en  las  que  un  motor vuelve a lanzar la misma agua que cae en la  fuente.  Aquí  el  agua  proviene  de  un gran  depósito  natural,   llamado  el  mar. Desde  allí  va  pasando  de  una  fuente  a otra por grupos la última.

Este sistema hace que todas las fuentes están  conectadas  al  manantial  pero,  por otro, el agua no se reutiliza y por eso apenas   si   pueden   encenderlas   porque   se “gasta” mucha agua. La  única manera de que las fuentes funcionasen siempre sería conectarlas a un manantial inagotable.

Es   precisamente   eso   lo   que   hoy   nos anuncia   el   evangelio.   Dios   Padre   es   la fuente  inagotable  del  amor  que  a  través de  Cristo,  muerto  y  resucitado  ha  sido conectado con la humanidad. Si permanecemos  unidos  a  Cristo  ese  amor  fluirá  a través nuestro, purificándonos, refrescándonos, llenándonos por completo y derramándose  inagotablemente  sobre  los  demás…

Con la fuente del amor tenemos al mismo tiempo la fuente de la alegría. Alegría de ser amados sin medida, hasta el extremo;  alegría  de  poder  amar  a  los  demás sin que ese amor se gaste ni nos desgaste, porque fluye serenamente del corazón de Cristo, empapado del amor del Padre. Hermoso para ser cierto, y nosotros sabemos que es cierto.