viernes, 28 de marzo de 2025

DOMINGO IV DE CUARESMA, [LAETARE] - CICLO C

Domingo, 30 de marzo de 2025 

PRIMERA LECTURA:

"El pueblo de Dios, tras entrar en la tierra prometida, celebra la Pascua” (Josué 5, 9a.10-12)

Lectura del libro de Josué.

En aquellos días, dijo el Señor a Josué: «Hoy os he quitado de encima el oprobio de Egipto». Los hijos de Israel acamparon en Guilgal y celebraron allí la Pascua al atardecer del día catorce del mes, en la estepa de Jericó. Al día siguiente a la Pascua, comieron ya de los productos de la tierra: ese día, panes ácimos y espigas tostadas. Y desde ese día en que comenzaron a comer de los productos de la tierra, cesó el maná. Los hijos de Israel ya no tuvieron maná, sino que ya aquel año comieron de la cosecha de la tierra de Canaán.

Palabra de Dios.

SALMO:

"Gustad y ved qué bueno es el Señor” (Salmo 33)

R.  Gustad y ved qué bueno es el Señor.

V.  Bendigo al Señor en todo momento, su alabanza está siempre en mi boca; mi alma se gloría en el Señor: que los humildes lo escuchen y se alegren. /R.

V.  Proclamad conmigo la grandeza del Señor, ensalcemos juntos su nombre. Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis ansias. /R.

V.  Contempladlo, y quedaréis radiantes, vuestro rostro no se avergonzará. El afligido invocó al Señor, él lo escuchó y lo salvó de sus angustias. /R.

 

SEGUNDA LECTURA:

"Dios nos reconcilió consigo por medio de Cristo” (2 Corintios 5,17-21)

Lectura de la segunda carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

Hermanos: Si alguno está en Cristo es una criatura nueva. Lo viejo ha pasado, ha comenzado lo nuevo. Todo procede de Dios, que nos reconcilió consigo por medio de Cristo y nos encargó el ministerio de la reconciliación. Porque Dios mismo estaba en Cristo reconciliando al mundo consigo, sin pedirles cuenta de sus pecados, y ha puesto en nosotros el mensaje de la reconciliación. Por eso, nosotros actuamos como enviados de Cristo, y es como si Dios mismo exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios. Al que no conocía el pecado, lo hizo pecado en favor nuestro, para que nosotros llegáramos a ser justicia de Dios en él.

Palabra de Dios.

- canto

V.  Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre y le diré:

Padre, he pecado contra el cielo y contra ti.

- canto

EVANGELIO:

"Este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido” (Lucas 15, 1.11-32)

En aquel tiempo, solían acercarse a Jesús todos los publicanos y los pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Ese acoge a los pecadores y come con ellos».

Jesús les dijo esta parábola: También les dijo: «Un hombre tenía dos hijos; el menor de ellos dijo a su padre: "Padre, dame la parte que me toca de la fortuna". El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: "Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino adonde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros". Se levantó y vino adonde estaba su padre; cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuello y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: "Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo".

Pero el padre dijo a sus criados: "Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado". Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: "Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud". El se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: "Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que se ha comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado". Él le dijo: "Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado"».

“INDULGENCIA”.

VER. -

Debido a la celebración del Jubileo “Peregrinos de esperanza”, muchas personas han preguntado cómo ‘ganar la indulgencia’. Éste es un término que, durante siglos y hasta hace poco tiempo, ha sido mal explicado y comprendido. En general se entiende como una especie de ‘perdón fácil’, una ‘transacción comercial’ mediante la cual una persona hace unas prácticas religiosas o entrega una cantidad de dinero a cambio de ‘librarse’ de las penas derivadas de los pecados cometidos. 

 

JUZGAR. -

Pero este año jubilar nos enseña qué es realmente la indulgencia. En primer lugar, no es ‘algo que se gana’, sino que es un don de Dios, como nos dice el Papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo: «La indulgencia permite descubrir cuán ilimitada es la misericordia de Dios. No sin razón en la antigüedad el término “misericordia” era intercambiable con el de “indulgencia”, precisamente porque pretende expresar la plenitud del perdón de Dios que no conoce límites». Y hoy en el Evangelio hemos escuchado la mejor expresión de esa misericordia y perdón de Dios sin límites: la parábola del padre misericordioso, en la que sus personajes, por medio de lo que hacen y dicen, nos enseñan qué es verdaderamente la indulgencia.

El hijo menor, tras el desprecio hecho a su padre (“dame la parte que me toca de la fortuna”) y el estilo de vida que ha llevado (“derrochó su fortuna viviendo perdidamente”), acaba reconociendo su pecado, aunque sea de un modo interesado (“cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre”), pero eso es suficiente para ponerse en camino “adonde estaba su padre”. La indulgencia requiere, por tanto, que nos reconozcamos realmente pecadores.

Seguidamente, confiesa su pecado: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti…” La indulgencia conlleva la confesión sacramental: «La Reconciliación sacramental representa un paso decisivo, esencial e irrenunciable para el camino de fe de cada uno» (Bula). Esto a muchos les supone un obstáculo, pero, como escribió el Arzobispo de Valencia en su Carta Pastoral con motivo del Jubileo: «A quienes han abandonado la práctica de este sacramento les quiero invitar a volver a él, para redescubrir el gozo de la salvación; a quienes lo viven de una forma rutinaria les animo a profundizar en su significado, a acoger la gracia de Dios que nos ayuda a intensificar la amistad con Él y a avanzar en el camino de la santidad. Soy consciente de que la mediación eclesial en la recepción del perdón es para muchos una dificultad, cuando en realidad debería ser una ayuda para una auténtica reconciliación: la humildad para reconocer y confesar nuestras faltas ante un ministro de la Iglesia nos ayuda a vivir este encuentro con Dios no con miedo».

Porque en el sacramento de la Reconciliación, por medio del ministro ordenado, vivimos lo que hizo el padre de la parábola: “Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas… se le echó al cuello y lo cubrió de besos…” «En la Reconciliación sacramental permitimos que el Señor destruya nuestros pecados, que sane nuestros corazones, que nos levante y nos abrace, que nos muestre su rostro tierno y compasivo» (Bula).

Pero, «como sabemos por experiencia personal, el pecado “deja huella”, lleva consigo unas consecuencias; no sólo exteriores, en cuanto consecuencias del mal cometido, sino también interiores. En nuestra humanidad débil y atraída por el mal, permanecen los “efectos residuales del pecado”. Éstos son removidos por la indulgencia». Tras la confesión de nuestros pecados, Dios también dice: “Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies…” Esto es la indulgencia: Dios nos devuelve a nuestra dignidad inicial, nos restituye como verdaderos hijos suyos, como si nunca nos hubiéramos alejado de Él. La indulgencia es el regalo, el don que Dios pone a nuestro alcance especialmente en este año jubilar, invitándonos a recorrer de forma consciente el proceso del hijo menor de la parábola, porque «un camino de conversión vivido en profundidad no puede limitarse a la celebración del sacramento de la Reconciliación; debe ser un camino de purificación que todos debemos recorrer». (Carta pastoral)

ACTUAR. –

¿Qué idea tengo sobre la indulgencia? ¿Me he propuesto ‘ganarla’ en este año Jubilar? ¿Las prácticas externas (oración, confesión sacramental, peregrinación, comunión de bienes…) me ayudan vivir la indulgencia como un don de Dios y una experiencia de su amor misericordioso?

Decía la 2ª lectura: “En nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios”. «Las prácticas para vivir la indulgencia del año jubilar expresan la aspiración de que, no sólo nuestras obras, sino también nuestros deseos y nuestras intenciones broten de un corazón que quiere estar en la presencia del Señor en justicia y santidad. La indulgencia jubilar, expresión de la sobreabundancia del perdón y de la misericordia de Dios, es también el signo de que la gracia de Dios, además de perdonarnos, tiene poder para transformarnos interiormente» (Carta), como ocurrió con el hijo menor




viernes, 21 de marzo de 2025

DOMINGO III DE CUARESMA - CICLO C

Domingo 23 de marzo de 2025

PRIMERA LECTURA:

"«Yo soy» me envía a vosotros” (Éxodo 3, 1-8a.13-15)

Lectura del libro del Éxodo.

En aquellos días, Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: «Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza».

Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: «Moisés, Moisés». Respondió él: «Aquí estoy». Dijo Dios: «No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado». Y añadió: «Yo soy el Dios de tus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac, el Dios de Jacob». Moisés se tapó la cara, porque temía ver a Dios. El Señor le dijo: «He visto la opresión de mi pueblo en Egipto y he oído sus quejas contra los opresores; conozco sus sufrimientos. He bajado a librarlo de los egipcios, a sacarlo de esta tierra, para llevarlo a una tierra fértil y espaciosa, tierra que mana leche y miel». Moisés replicó a Dios: «Mira, yo iré a los hijos de Israel y les diré: “El Dios de vuestros padres me ha enviado a vosotros”. Si ellos me preguntan: “¿Cuál es su nombre?”, ¿qué les respondo?». Dios dijo a Moisés: «“Yo soy el que soy”; esto dirás a los hijos de Israel: “Yo soy” me envía a vosotros». Dios añadió: «Esto dirás a los hijos de Israel: “El Señor, Dios de vuestros padres, el Dios de Abrahán, Dios de Isaac, Dios de Jacob, me envía a vosotros. Este es mi nombre para siempre: así me llamaréis de generación en generación”».

Palabra de Dios.

SALMO:

"El Señor es compasivo y misericordioso” (Salmo 102)

R.  El Señor es compasivo y misericordioso.

V.  Bendice, alma mía, al Señor, y todo mi ser a su santo nombre. Bendice, alma mía, al Señor, y no olvides sus beneficios. /R.

 

V.  Él perdona todas tus culpas y cura todas tus enfermedades; él rescata tu vida de la fosa, y te colma de gracia y de ternura. /R.

V.  El Señor hace justicia y defiende a todos los oprimidos; enseñó sus caminos a Moisés y sus hazañas a los hijos de Israel. /R.

V.  El Señor es compasivo y misericordioso, lento a la ira y rico en clemencia. Como se levanta el cielo sobre la tierra, se levanta su bondad sobre los que lo temen. /R.

 

SEGUNDA LECTURA:

"La vida del pueblo con Moisés en el desierto fue escrita para escarmiento nuestro” (1 Corintios 10,1-6.10-12)

Lectura de la primera carta del apóstol san Pablo a los Corintios.

No quiero que ignoréis, hermanos, que nuestros padres estuvieron todos bajo la nube y todos atravesaron el mar y todos fueron bautizados en Moisés por la nube y por el mar; y todos comieron el mismo alimento espiritual; y todos bebieron la misma bebida espiritual, pues bebían de la roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo. Pero la mayoría de ellos no agradaron a Dios, pues sus cuerpos quedaron tendidos en el desierto. Estas cosas sucedieron en figura para nosotros, para que no codiciemos el mal como lo codiciaron ellos. Y para que no murmuréis, como murmuraron algunos de ellos, y perecieron a manos del Exterminador. Todo esto les sucedía alegóricamente y fue escrito para escarmiento nuestro, a quienes nos ha tocado vivir en la última de las edades. Por lo tanto, el que se crea seguro, cuídese de no caer.

Palabra de Dios.

- Canto

V.  Convertíos —dice el Señor—, porque está cerca el reino de los cielos.

- Canto

EVANGELIO:

"Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera” (Lc. 13, 1-9)

En aquel momento se presentaron algunos a contar a Jesús lo de los galileos cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían. Jesús respondió: «¿Pensáis que esos galileos eran más pecadores que los demás galileos porque han padecido todo esto? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis lo mismo. O aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Os digo que no; y, si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».

Y les dijo esta parábola: «Uno tenía una higuera plantada en su viña, y fue a buscar fruto en ella, y no lo encontró. Dijo entonces al viñador: "Ya ves, tres años llevo viniendo a buscar fruto en esta higuera, y no lo encuentro. Córtala. ¿Para qué va a perjudicar el terreno?". Pero el viñador respondió: "Señor, déjala todavía este año y mientras tanto yo cavaré alrededor y le echaré estiércol, a ver si da fruto en adelante. Si no, la puedes cortar"».

 

“¿POR QUÉ?”

VER. -

En pocas semanas he tenido conocimiento de problemas que están sufriendo varias personas de mi entorno: enfermedades graves, conflictos familiares muy serios, otras circunstancias repentinas que afectan dolorosamente a las personas… Esto provoca, en quienes pasan por esas situaciones, que se pregunten ‘¿por qué?’. Pero esta pregunta, a menudo no tiene respuesta, y se cae en el fatalismo y la desesperanza. Y lo mismo ocurre con los grandes problemas mundiales: están ahí, millones de personas los sufren, pero la pregunta de ‘¿por qué?’ no encuentra una respuesta satisfactoria y, lo que es peor, tampoco se les ve vías de solución o, por lo menos, de avance. 

JUZGAR. –

Es lógico que, ante el dolor, el sufrimiento, propio o ajeno, nos preguntemos ‘¿por qué?’ y busquemos respuestas y, si podemos, busquemos culpables. Pero es muy común que no encontremos una causa concreta o un culpable para esas situaciones. Es lo que Jesús ha dicho en el Evangelio, cuando “se presentaron algunos a contar lo de los galileos, cuya sangre había mezclado Pilato con la de los sacrificios que ofrecían”; y lo que Jesús añade al referirse a “aquellos dieciocho sobre los que cayó la torre en Siloé y los mató”. La gente buscaba explicaciones, ‘culpables’, pero Jesús les responde: “¿Pensáis que eran más pecadores que los demás…? Os digo que no”. Hay cosas malas que ‘ocurren’, que nos sobrevienen, sin más, sin que sean consecuencia de algo que nosotros o los demás hemos hecho. 

Y esto lleva, también muy a menudo, a otras preguntas: ‘¿Y por qué Dios no hace nada? ¿Por qué no lo ha evitado? ¿Por qué no me saca de ésta? ¿Por qué no me cura o cura a esta persona?’. Y, como tampoco para esta pregunta hay una respuesta clara, surge la desesperanza y, al final se acaba negando la existencia de Dios o abandonándolo porque nos parece que no nos hace caso.

Pero, como hemos escuchado en la 1ª lectura, Dios no es indiferente al dolor y sufrimiento: “He visto la opresión de mi pueblo… he oído sus quejas… conozco sus sufrimientos… He bajado a librarlo de los egipcios”. Bajó entonces por medio de Moisés, siguió bajando por medio de diferentes miembros de su pueblo, y finalmente bajó Él mismo en su Hijo hecho hombre, que murió y resucitó por nosotros y por nuestra salvación, para librarnos de la desesperanza que provoca el dolor y el sufrimiento.

De ahí la llamada de Jesús: “Si no os convertís, todos pereceréis…” La Cuaresma es el tiempo para ‘convertirnos’, para confiar más en este Dios que no nos protege del sufrimiento, que no responde a nuestros ‘¿por qué?’ sino que se mete con nosotros en medio del sufrimiento para que, por su muerte y su resurrección, encontremos en Él nuestra fuerza y esperanza.

Cuando, como es lógico ante el sufrimiento, nos preguntemos ‘¿por qué?’, podemos tener presentes las palabras del Papa Francisco en la Bula de convocatoria del Jubileo: «La vida está hecha de alegrías y dolores, el amor se pone a prueba cuando aumentan las dificultades y la esperanza parece derrumbarse frente al sufrimiento. Pero en tales situaciones, en medio de la oscuridad se percibe una luz; se descubre cómo lo que sostiene es la fuerza que brota de la cruz y de la resurrección de Cristo.

Cristo murió, fue sepultado, resucitó, se apareció. Por nosotros atravesó el drama de la muerte. El amor del Padre lo resucitó con la fuerza del Espíritu. La esperanza cristiana consiste precisamente en esto: ante la muerte, donde parece que todo acaba, se recibe la certeza de que, gracias a Cristo, a su gracia, que nos ha sido comunicada en el Bautismo, recibimos en Él resucitado el don de una vida nueva, que derriba el muro de la muerte».

 ACTUAR. -

¿Estoy atravesando alguna situación de especial sufrimiento? ¿Me pregunto y pregunto a Dios ‘por qué’? ¿Me desespero? ¿Siento la necesidad de convertirme a este Dios que padece con nosotros? 

En Cuaresma se nos recuerda especialmente que «la vida cristiana es un camino, que también necesita momentos fuertes para alimentar y robustecer la esperanza, compañera insustituible que permite vislumbrar la meta: el encuentro con el Señor Jesús». Aprovechemos este tiempo para que la oración individual y comunitaria, la Eucaristía, el Sacramento de la Reconciliación… sean para nosotros verdaderos momentos fuertes de conversión que alimenten nuestra fe y nuestra esperanza en Jesús, muerto y resucitado

Los ‘¿por qué?’ seguirán a menudo sin respuesta, pero «nosotros, en virtud de la esperanza en la que hemos sido salvados, mirando al tiempo que pasa, tenemos la certeza de que la historia de la humanidad y la de cada uno de nosotros no se dirigen hacia un punto ciego o un abismo oscuro, sino que se orientan al encuentro con el Señor de la gloria. Vivamos por tanto en la espera de su venida y en la esperanza de vivir para siempre en Él».


 



viernes, 14 de marzo de 2025

DOMINGO II DE CUARESMA - CICLO C

Domingo 16 de marzo de 2025

PRIMERA LECTURA:

"Dios inició un pacto fiel con Abrahán” (Génesis 15, 5-12.17-18)

Lectura del libro del Génesis.

En aquellos días, Dios sacó afuera a Abrán y le dijo: «Mira al cielo, y cuenta las estrellas, si puedes contarlas». Y añadió: «Así será tu descendencia». Abrán creyó al Señor y se le contó como justicia. Después le dijo: «Yo soy el Señor que te saqué de Ur de los caldeos, para darte en posesión esta tierra». Él replicó: «Señor Dios, ¿cómo sabré que voy a poseerla?». Respondió el Señor: «Tráeme una novilla de tres años, una cabra de tres años, un carnero de tres años, una tórtola y un pichón». Él los trajo y los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra, pero no descuartizó las aves. Los buitres bajaban a los cadáveres y Abrán los espantaba. Cuando iba a ponerse el sol, un sueño profundo invadió a Abrán y un terror intenso y oscuro cayó sobre él. El sol se puso y vino la oscuridad; una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados. Aquel día el Señor concertó alianza con Abrán en estos términos: «A tu descendencia le daré esta tierra, desde el río de Egipto al gran río Éufrates».

Palabra de Dios.

SALMO:

"El Señor es mi luz y mi salvación” (Salmo 26)

R.  El Señor es mi luz y mi salvación.

V.  El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? El Señor es la defensa de mi vida, ¿quién me hará temblar? /R.

V.  Escúchame, Señor, que te llamo; ten piedad, respóndeme. Oigo en mi corazón: «Buscad mi rostro». Tu rostro buscaré, Señor. /R.

V.  No me escondas tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches. /R.

V.  Espero gozar de la dicha del Señor en el país de la vida. Espera en el Señor, sé valiente, ten ánimo, espera en el Señor. /R.

SEGUNDA LECTURA:

"Cristo nos configura según su cuerpo glorioso” (Filipenses 3,17-4,1)

Lectura de la carta del apóstol san Pablo a los Filipenses.

Hermanos, sed imitadores míos y fijaos en los que andan según el modelo que tenéis en nosotros. Porque —como os decía muchas veces, y ahora lo repito con lágrimas en los ojos— hay muchos que andan como enemigos de la cruz de Cristo: su paradero es la perdición; su Dios, el vientre; su gloria, sus vergüenzas; solo aspiran a cosas terrenas. Nosotros, en cambio, somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso, con esa energía que posee para sometérselo todo. Así, pues, hermanos míos queridos y añorados, mi alegría y mi corona, manteneos así, en el Señor, queridos.

Palabra de Dios.

- Canto

V.  En el esplendor de la nube se oyó la voz del Padre: «Este es mi Hijo amado, escuchadlo».

- Canto

EVANGELIO:

"Mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió” (Lucas 9, 28b-36)

En aquel tiempo, Jesús tomó a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte para orar.  Y, mientras oraba, el aspecto de su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor.  De repente, dos hombres conversaban con él: eran Moisés y Elías, que, apareciendo con gloria, hablaban de su éxodo, que él iba a consumar en Jerusalén.  Pedro y sus compañeros se caían de sueño, pero se espabilaron y vieron su gloria y a los dos hombres que estaban con él.  Mientras estos se alejaban de él, dijo Pedro a Jesús: «Maestro, ¡qué bueno es que estemos aquí!». Haremos tres tiendas: una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». No sabía lo que decía.  Todavía estaba diciendo esto, cuando llegó una nube que los cubrió con .su sombra. Se llenaron de temor al entrar en la nube.  Y una voz desde la nube decía: «Este es mi Hijo, el Elegido, escuchadlo».  Después de oírse la voz, se encontró Jesús solo. Ellos guardaron silencio y, por aquellos días, no contaron a nadie nada de lo que habían visto.

Palabra del Señor.

¿EN POSITIVO O EN NEGATIVO?

VER. -

Hay un cuento muy conocido (con diferentes versiones) sobre dos albañiles que están levantando un muro. Una persona le pregunta a uno de ellos qué está haciendo y le responde con resignación: ‘Pues poner ladrillos. Es duro, pero con algo hay que ganarse la vida’. Un poco después la misma persona pregunta al otro albañil qué está haciendo, y éste le responde con ánimo alegre: ‘Estoy construyendo una catedral’. El trabajo es el mismo para los dos, pero lo viven de forma completamente diferente: mientras que para el primero es un trabajo pesado y rutinario cuyo único fin es ganar el sueldo, para el segundo ese trabajo pesado y rutinario tiene un objetivo, una meta más grande, y eso le proporciona satisfacción porque da sentido al esfuerzo que está realizando. 

JUZGAR. –

Acabamos de iniciar la Cuaresma, el tiempo que la propia Iglesia nos ofrece para prepararos a la celebración y actualización del núcleo de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Y un año más recibimos la llamada a la conversión, a volvernos más hacia Dios. Y hoy, dentro de ese proceso de conversión, la Palabra de Dios nos llama a revisar con qué actitud estamos viviendo no sólo la Cuaresma, sino todo lo que es nuestra vida como cristianos: en positivo o en negativo.

En la 1ª lectura hemos escuchado un pasaje de la historia de Abrán. Él había obedecido a la llamada del Señor: “Sal de tu tierra… y vete a la tierra que yo te indicaré” (Gn 12, 1), había escuchado en varias ocasiones la promesa que Dios le hacía de darle descendencia y tierra (12, 7; 13, 15) y “creyó al Señor”. Y hoy hemos escuchado el momento en que “el Señor concertó alianza con Abrán”; éste prepara todo lo que Dios le dice (una novilla, una cabra, un carnero, una tórtola y un pichón), lo dispone del modo correcto (los cortó por el medio, colocando cada mitad frente a la otra), cuida de que no se estropee (los buitres bajaban y Abrán los espantaba) … Está haciendo lo que Dios le pide, Dios se le está manifestando (una humareda de horno y una antorcha ardiendo pasaban entre los miembros descuartizados) pero no lo está disfrutando, al contrario: “un terror intenso y oscuro cayó sobre él”. Abrán está viviendo todo eso en negativo.

En el Evangelio, por el contrario, hemos escuchado el pasaje de la Transfiguración del Señor: “Tomó Jesús a Pedro, a Juan y a Santiago y subió a lo alto del monte”. Los discípulos, como Abrán, también habían obedecido a la llamada del Señor “y, dejándolo todo, lo siguieron” (Lc 5, 11), habían escuchado su predicación, le habían visto realizar varios milagros, y ahora tienen la experiencia de la Transfiguración de Jesús: “el aspecto su rostro cambió y sus vestidos brillaban de resplandor…” Y ellos “vieron su gloria”, pero esta manifestación del Señor, al contrario que en el caso de Abrán, no les produce terror, sino que hace exclamar a Pedro: “¡Qué bueno es que estemos aquí!” Lo están viviendo en positivo. ¿Qué es lo que provoca esta reacción en positivo? Que ellos no sólo están cumpliendo lo que Jesús les pide, sino que subieron al monte con Jesús “para orar”. Y por eso “espabilaron y vieron su gloria”.

Como dijimos el Miércoles de Ceniza, la oración es uno de los pilares maestros, no sólo de la Cuaresma, sino de toda la vida cristiana. Una oración no entendida como ‘rezos que debo hacer’, sino diálogo con Dios. La conversión cuaresmal nos llama a buscar nuestro ‘monte’, para orar; no hace falta que sea un tiempo prolongado, pero sí un tiempo ‘para el Señor’, tranquilo, sin prisas, sin interrupciones. La oración será la que nos hará enfocar nuestra vida cristiana en positivo, sin ‘miedos’, sin verla como una ‘obligación’ ni menos como una carga. La oración nos permite vislumbrar la meta de gloria a la que estamos llamados, como decía la 2ª lectura: “Somos ciudadanos del cielo, de donde aguardamos un Salvador: el Señor Jesucristo. Él transformará nuestro cuerpo humilde, según el modelo de su cuerpo glorioso…” La oración da sentido a nuestra acción.

ACTUAR. –

En general, ¿cómo vivo mi vida cristiana: en positivo, siento que es bueno lo que hago, o en negativo, como una obligación, ¿una penitencia? ¿Tengo presente que “somos ciudadanos del cielo”?

Que la oración sea un momento de Transfiguración que nos permita ‘ver’ la gloria del Señor y realicemos todo lo que conforma nuestra vida cristiana no como una obligación sino como una misión, un trabajo que, sin quitarle su parte de esfuerzo, tiene un sentido que hace que merezca la pena y, además, va a fortalecer nuestra esperanza, como estamos celebrando en este año jubilar.