VIERNES SANTO - CICLO A
Viernes 3 de abril de 2026
PRIMERA LECTURA:
"Él fue traspasado por
nuestras rebeliones” (Isaías 52,13-53,12)
Lectura del libro de Isaías.
Mirad, mi siervo tendrá éxito, subirá
y crecerá mucho. Como muchos se espantaron de él porque desfigurado no parecía
hombre, ni tenía aspecto humano, así asombrará a muchos pueblos, ante él los
reyes cerrarán la boca, al ver algo inenarrable y comprender algo inaudito. ¿Quién
creyó nuestro anuncio?; ¿a quién se reveló el brazo del Señor? Creció en su
presencia como brote, como raíz en tierra árida, sin figura, sin belleza. Lo
vimos sin aspecto atrayente, despreciado y evitado de los hombres, como un
hombre de dolores, acostumbrado a sufrimientos, ante el cual se ocultaban los
rostros, despreciado y desestimado. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó
nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero
él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro
castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron. Todos errábamos
como ovejas, cada uno siguiendo su camino; y el Señor cargó sobre él todos
nuestros crímenes. Maltratado, voluntariamente se humillaba y no abría la boca:
como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no
abría la boca. Sin defensa, sin justicia, se lo llevaron, ¿quién se preocupará
de su estirpe? Lo arrancaron de la tierra de los vivos, por los pecados de mi
pueblo lo hirieron. Le dieron sepultura con los malvados y una tumba con los
malhechores, aunque no había cometido crímenes ni hubo engaño en su boca. El
Señor quiso triturarlo con el sufrimiento, y entregar su vida como expiación: verá
su descendencia, prolongará sus años, lo que el Señor quiere prosperará por su
mano. Por los trabajos de su alma verá la luz, el justo se saciará de
conocimiento. Mi siervo justificará a muchos, porque cargó con los crímenes de
ellos. Le daré una multitud como parte, y tendrá como despojo una muchedumbre. Porque
expuso su vida a la muerte y fue contado entre los pecadores, él tomó el pecado
de muchos e intercedió por los pecadores.
Palabra de Dios.
SALMO:
"Padre, a tus manos
encomiendo mi espíritu” (Salmo 30)
R. Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu.
V. A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca
defraudado; tú, que eres justo, ponme a salvo. A tus manos encomiendo mi
espíritu: tú, el Dios leal, me librarás. /R.
V. Soy la burla de todos mis enemigos, la
irrisión de mis vecinos, el espanto de mis conocidos: me ven por la calle y
escapan de mí. Me han olvidado como a un muerto, me han desechado como a un
cacharro inútil. /R.
V. Pero yo confío en ti, Señor; te digo: «Tú
eres mi Dios». En tus manos están mis azares: líbrame de mis enemigos que me
persiguen. /R.
V. Haz brillar tu rostro sobre tu siervo, sálvame
por tu misericordia. Sed fuertes y valientes de corazón los que esperáis en el
Señor. /R.
SEGUNDA LECTURA:
"Aprendió a obedecer; y se
convirtió, para todos lo que le obedecen, en autor de salvación” (Hebreos
4,14-16;5,7-9)
Lectura de la carta a los
Hebreos.
Hermanos: Ya que tenemos un sumo
sacerdote grande que ha atravesado el cielo, Jesús, Hijo de Dios, mantengamos
firme la confesión de fe. No tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse
de nuestras debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos
en el pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para
alcanzar misericordia y encontrar gracia para un auxilio oportuno. Cristo, en
efecto, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó
oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, siendo escuchado por
su piedad filial. Y, aun siendo Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y,
llevado a la consumación, se convirtió, para todos los que lo obedecen, en
autor de salvación eterna.
Palabra de Dios.
…
V. Cristo se ha hecho por nosotros obediente hasta
la muerte, y una muerte de cruz. Por eso Dios lo exaltó sobre todo y le
concedió el Nombre-sobre-todo-nombre.
…
EVANGELIO:
"Pasión de nuestro Señor
Jesucristo” (Juan 18,1-19,42)
Evangelio
Jn 18, 1 — 19, 42
Pasión de nuestro Señor
Jesucristo según san Juan.
C. En aquel tiempo, salió Jesús con sus
discípulos al otro lado del torrente Cedrón, donde había un huerto, y entraron
allí él y sus discípulos. Judas, el que lo iba a entregar, conocía también el
sitio, porque Jesús se reunía a menudo allí con sus discípulos. Judas entonces,
tomando una cohorte y unos guardias de los sumos sacerdotes y de los fariseos,
entró allá con faroles, antorchas y armas. Jesús, sabiendo todo lo que venía
sobre él, se adelantó y les dijo:
+ «¿A quién buscáis?».
C. Le
contestaron:
S. «A Jesús,
el Nazareno».
C. Les dijo
Jesús:
+ «Yo soy».
C. Estaba
también con ellos Judas, el que lo iba a entregar. Al decirles: «Yo soy»,
retrocedieron y cayeron a tierra. Les preguntó otra vez:
+ «¿A quién buscáis?».
C. Ellos
dijeron:
S. «A Jesús,
el Nazareno».
C. Jesús
contestó:
+ «Os he dicho que soy yo. Si me
buscáis a mí, dejad marchar a estos».
C. Y así se cumplió lo que había
dicho: «No he perdido a ninguno de los que me diste».
Entonces Simón Pedro, que llevaba
una espada, la sacó e hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja
derecha. Este criado se llamaba Malco. Dijo entonces Jesús a Pedro:
+ «Mete la espada en la vaina. El
cáliz que me ha dado mi Padre, ¿no lo voy a beber?».
C. La
cohorte, el tribuno y los guardias de los judíos prendieron a Jesús, lo ataron
y lo llevaron primero a Anás, porque era suegro de Caifás, sumo sacerdote aquel
año; Caifás era el que había dado a los judíos este consejo: «Conviene que
muera un solo hombre por el pueblo».
Simón Pedro y otro discípulo
seguían a Jesús. Este discípulo era conocido del sumo sacerdote y entró con
Jesús en el palacio del sumo sacerdote, mientras Pedro se quedó fuera a la
puerta. Salió el otro discípulo, el conocido del sumo sacerdote, habló a la
portera e hizo entrar a Pedro. La criada portera dijo entonces a Pedro:
S. «¿No eres
tú también de los discípulos de ese hombre?».
C. Él dijo:
S. «No lo
soy».
C. Los
criados y los guardias habían encendido un brasero, porque hacía frío, y se
calentaban. También Pedro estaba con ellos de pie, calentándose.
El sumo sacerdote interrogó a
Jesús acerca de sus discípulos y de su doctrina.
Jesús le contestó:
+ «Yo he hablado abiertamente al
mundo; yo he enseñado continuamente en la sinagoga y en el templo, donde se
reúnen todos los judíos, y no he dicho nada a escondidas. ¿Por qué me preguntas
a mí? Pregunta a los que me han oído de qué les he hablado. Ellos saben lo que
yo he dicho».
C. Apenas
dijo esto, uno de los guardias que estaba allí le dio una bofetada a Jesús,
diciendo:
S. «¿Así
contestas al sumo sacerdote?».
C. Jesús
respondió:
+ «Si he faltado al hablar, muestra
en qué he faltado; pero si he hablado como se debe, ¿por qué me pegas?».
C. Entonces
Anás lo envió atado a Caifás, sumo sacerdote.
¿No eres tú también de sus
discípulos? No lo soy
C. Simón
Pedro estaba de pie, calentándose, y le dijeron:
S. «¿No eres
tú también de sus discípulos?».
C. Él lo
negó, diciendo:
S. «No lo
soy».
C. Uno de los criados del sumo
sacerdote, pariente de aquel a quien Pedro le cortó la oreja, le dijo:
S. «¿No te
he visto yo en el huerto con él?».
C. Pedro volvió a negar, y enseguida
cantó un gallo.
C. Llevaron
a Jesús de casa de Caifás al pretorio. Era el amanecer, y ellos no entraron en
el pretorio para no incurrir en impureza y poder así comer la Pascua. Salió
Pilato afuera, adonde estaban ellos, y dijo:
S. «¿Qué
acusación presentáis contra este hombre?».
C. Le contestaron:
S. «Si este
no fuera un malhechor, no te lo entregaríamos».
C. Pilato
les dijo:
S. «Lleváoslo
vosotros y juzgadlo según vuestra ley».
C. Los
judíos le dijeron:
S. «No
estamos autorizados para dar muerte a nadie».
C. Y así se
cumplió lo que había dicho Jesús, indicando de qué muerte iba a morir.
Entró otra vez Pilato en el
pretorio, llamó a Jesús y le dijo:
S. «¿Eres tú
el rey de los judíos?».
C. Jesús le
contestó:
+ «¿Dices eso por tu cuenta o te lo
han dicho otros de mí?».
C. Pilato replicó:
S. «¿Acaso soy yo judío? Tu gente y
los sumos sacerdotes te han entregado a mí; ¿qué has hecho?».
C. Jesús le
contestó:
+ «Mi reino no es de este mundo. Si
mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en
manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí».
C. Pilato le
dijo:
S. «Entonces,
¿tú eres rey?».
C. Jesús le
contestó:
+ «Tú lo dices: soy rey. Yo para
esto he nacido y para esto he venido al mundo: para dar testimonio de la
verdad. Todo el que es de la verdad escucha mi voz».
C. Pilato le
dijo:
S. «Y, ¿qué
es la verdad?».
C. Dicho
esto, salió otra vez adonde estaban los judíos y les dijo:
S. «Yo no
encuentro en él ninguna culpa. Es costumbre entre vosotros que por Pascua ponga
a uno en libertad. ¿Queréis que os suelte al rey de los judíos?».
C. Volvieron
a gritar:
S. «A ese no, a Barrabás».
C. El tal
Barrabás era un bandido.
¡Salve, rey de los judíos!
C. Entonces
Pilato tomó a Jesús y lo mandó azotar. Y los soldados trenzaron una corona de
espinas, se la pusieron en la cabeza y le echaron por encima un manto color
púrpura; y, acercándose a él, le decían:
S. «¡Salve,
rey de los judíos!».
C. Y le
daban bofetadas.
S. «Mirad,
os lo saco afuera para que sepáis que no encuentro en él ninguna culpa».
C. Y salió Jesús afuera, llevando la corona de
espinas y el manto color púrpura. Pilato les dijo:
S. «He aquí
al hombre».
C. Cuando lo
vieron los sumos sacerdotes y los guardias, gritaron:
S. «¡Crucifícalo,
crucifícalo!».
C. Pilato
les dijo:
S. «Lleváoslo
vosotros y crucificadlo, porque yo no encuentro culpa en él».
C. Los judíos le contestaron:
S. «Nosotros
tenemos una ley, y según esa ley tiene que morir, porque se ha hecho Hijo de
Dios».
C. Cuando
Pilato oyó estas palabras, se asustó aún más. Entró otra vez en el pretorio y
dijo a Jesús:
S. «¿De
dónde eres tú?».
C. Pero
Jesús no le dio respuesta.
Y Pilato le dijo:
S. «¿A mí no
me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para soltarte y autoridad para
crucificarte?».
C. Jesús le
contestó:
+ «No tendrías ninguna autoridad
sobre mí si no te la hubieran dado de lo alto. Por eso el que me ha entregado a
ti tiene un pecado mayor».
¡Fuera, fuera; crucifícalo!
C. Desde
este momento Pilato trataba de soltarlo, pero los judíos gritaban:
S. «Si
sueltas a ese, no eres amigo del César. Todo el que se hace rey está contra el
César».
C. Pilato
entonces, al oír estas palabras, sacó afuera a Jesús y se sentó en el tribunal,
en el sitio que llaman «el Enlosado» (en hebreo “Gábbata”). Era el día de la
Preparación de la Pascua, hacia el mediodía.
Y dijo Pilato a los judíos:
S. «He aquí
a vuestro rey».
C. Ellos
gritaron:
S. «¡Fuera,
fuera; crucifícalo!».
C. Pilato
les dijo:
S. «¿A
vuestro rey voy a crucificar?».
C. Contestaron
los sumos sacerdotes:
S. «No
tenemos más rey que al César».
C. Entonces se lo entregó para que
lo crucificaran.
C. Tomaron a
Jesús, y, cargando él mismo con la cruz, salió al sitio llamado «de la
Calavera» (que en hebreo se dice “Gólgota”), donde lo crucificaron; y con él a
otros dos, uno a cada lado, y en medio, Jesús. Y Pilato escribió un letrero y
lo puso encima de la cruz; en él estaba escrito: «Jesús, el Nazareno, el rey de
los judíos».
Leyeron el letrero muchos judíos,
porque estaba cerca el lugar donde crucificaron a Jesús, y estaba escrito en
hebreo, latín y griego.
Entonces los sumos sacerdotes de
los judíos dijeron a Pilato:
S. «No
escribas “El rey de los judíos”, sino: “Este ha dicho: soy el rey de los
judíos”».
C. Pilato
les contestó:
S. «Lo
escrito, escrito está».
C. Los
soldados, cuando crucificaron a Jesús, cogieron su ropa, haciendo cuatro
partes, una para cada soldado, y apartaron la túnica. Era una túnica sin
costura, tejida toda de una pieza de arriba abajo. Y se dijeron:
S. «No la
rasguemos, sino echémosla a suerte, a ver a quién le toca».
C. Así se
cumplió la Escritura: «Se repartieron mis ropas y echaron a suerte mi túnica».
Esto hicieron los soldados.
C. Junto a
la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de
Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al
discípulo al que amaba, dijo a su madre:
+ «Mujer, ahí tienes a tu hijo».
C. Luego,
dijo al discípulo:
+ «Ahí tienes a tu madre».
C. Y desde
aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
C. Después
de esto, sabiendo Jesús que ya todo estaba cumplido, para que se cumpliera la
Escritura, dijo:
+ «Tengo sed».
C. Había allí un jarro lleno de
vinagre. Y, sujetando una esponja empapada en vinagre a una caña de hisopo, se
la acercaron a la boca. Jesús, cuando tomó el vinagre, dijo:
+ «Está cumplido».
C. E,
inclinando la cabeza, entregó el espíritu.
Todos se
arrodillan, y se hace una pausa.
C. Los
judíos entonces, como era el día de la Preparación, para que no se quedaran los
cuerpos en la cruz el sábado, porque aquel sábado era un día grande, pidieron a
Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados,
le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con
él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las
piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y
al punto salió sangre y agua. El que lo vio da testimonio, y su testimonio es
verdadero, y él sabe que dice verdad, para que también vosotros creáis. Esto
ocurrió para que se cumpliera la Escritura: «No le quebrarán un hueso»; y en
otro lugar la Escritura dice: «Mirarán al que traspasaron».
C. Después
de esto, José de Arimatea, que era discípulo de Jesús aunque oculto por miedo a
los judíos, pidió a Pilato que le dejara llevarse el cuerpo de Jesús. Y Pilato
lo autorizó. Él fue entonces y se llevó el cuerpo. Llegó también Nicodemo, el
que había ido a verlo de noche, y trajo unas cien libras de una mixtura de
mirra y áloe.
Tomaron el cuerpo de Jesús y lo
envolvieron en los lienzos con los aromas, según se acostumbra a enterrar entre
los judíos. Había un huerto en el sitio donde lo crucificaron, y en el huerto,
un sepulcro nuevo donde nadie había sido enterrado todavía. Y como para los
judíos era el día de la Preparación, y el sepulcro estaba cerca, pusieron allí
a Jesús.
Palabra del Señor.
LA PASIÓN
PUEDE MORIR
VER. -
Nos propusimos vivir la Cuaresma,
y ahora especialmente la Semana Santa, con verdadero deseo y pasión, porque el
Señor, como verdadero hombre, experimentó también con fuerza el deseo y la
pasión: el deseo intenso de cumplir la voluntad de su Padre por nuestra
salvación; y este deseo lo vivió con pasión, en sus palabras y en sus obras,
hasta culminar en su Pasión y muerte en la Cruz. Cuando algo lo deseamos de
verdad, o nos apasionamos por ello, no nos duele tiempo y esfuerzo para
alcanzarlo y disfrutarlo; pero sabemos también que a veces esa pasión se
debilita y acaba muriendo, por varias razones: rutina, cansancio, desengaño,
falta de comunicación…
JUZGAR. -
Hoy, Viernes Santo, contemplamos
a Jesús en su Pasión y Muerte. Como celebramos ayer, su amor “hasta el extremo”
le ha llevado hasta ahí, hasta ese amor consumado en la Cruz. Y, al escuchar el
relato de la Pasión, contemplando especialmente a Pedro, hemos de preguntarnos
por el estado de nuestra pasión por Jesús, si también se ha debilitado y ‘está
muriendo’.
Pedro era un apasionado por
Jesús, lo podemos comprobar en varios pasajes de los Evangelios. En ocasiones,
esa pasión le llevó a ser demasiado impulsivo y le valió alguna reprimenda de
Jesús: Cuando Jesús les anuncia su pasión, “Pedro se lo llevó aparte y se puso
a increparlo, pero Él se volvió e increpó a Pedro: ¡Aléjate de mí, Satanás! ¡Tú
piensas como los hombres, no como Dios!” (Mc 8, 32-33); y ayer vimos que,
cuando Jesús va a lavarle los pies, Pedro le dice: “No me lavarás los pies
jamás”, y se lleva otra reprimenda de Jesús: “Si no te lavo, no tienes parte
conmigo”. Después, durante la Cena, cuando Jesús le dice que “adonde yo voy no
me puedes seguir ahora, me seguirás más tarde, Pedro replicó: Señor, ¿por qué
no puedo seguirte ahora? Daría mi vida por ti. Y Jesús le contestó: ¿Conque
darás tu vida por mí? En verdad, en verdad te digo: No cantará el gallo antes
de que me hayas negado tres veces” (Jn 13, 36-38). Y acabamos de escuchar que,
en el momento del prendimiento, “Simón Pedro, que llevaba una espada, la sacó e
hirió al criado del sumo sacerdote, cortándole la oreja derecha”. Y Jesús de
nuevo lo detiene en seco: “Mete la espada en la vaina”.
Pedro sentía pasión por Jesús,
pero era una pasión muy emocional, no madurada, y por eso, en el momento de la
prueba, al preguntarle si es de los discípulos de Jesús, Pedro responde
negándolo.
Hoy miramos a Jesús Crucificado
pero situándonos al lado de Pedro. Como él, también nos hemos sentido llamados
de algún modo a seguir a Jesús, y hemos respondido, y en etapas de nuestra vida
también nos hemos apasionado por Jesús, hemos vivido momentos de impulso, de
energía, incluso de exaltación. Pero ahora, al contemplar su Pasión y muerte en
la Cruz, ¿seguimos sintiendo pasión por Él, o nos damos cuenta de que esa
pasión se ha ido debilitando, que no es madura?
Quizá hemos caído en la rutina,
tanto en la oración como en la celebración y la formación; o bien sufrimos
cansancio por los compromisos que llevamos a cabo, y que a menudo suponen mucho
esfuerzo y ningún fruto visible; o quizá alguna circunstancia personal nos
afecta de forma negativa y nos sentimos desengañados de Jesús…
Mirando a la Cruz, ¿reaccionamos
como Pedro, ‘pensamos como los hombres, no como Dios’, y la rechazamos
totalmente? ¿También, como Pedro, decimos interiormente a Jesús: “No me lavarás
los pies jamás”, porque en realidad lo que no queremos es tener que hacer
nosotros lo mismo con otros, no queremos vivir desde el servicio? ¿Quizá somos
muy valientes para afirmar nuestra fe en ambientes favorables, o para
‘defenderla’ a capa y espada en foros y redes sociales, pero en cuanto nos
encontramos realmente cuestionados guardamos silencio o incluso negamos conocer
a Jesús?
ACTUAR. -
Hoy nos damos cuenta de que todos
podemos ser Pedro: por múltiples razones y circunstancias, corremos el peligro
de que nuestra pasión por Jesús muera y acabemos hasta negando conocerle.
Pero la celebración de hoy
también nos recuerda que la Cruz es la mayor manifestación del amor apasionado
de Jesús por nosotros. Por eso, no huyamos de Él: cuando nos acerquemos a
venerar la Cruz, pidámosle de corazón que encienda de nuevo nuestra pasión por
Él, porque “no tenemos un sumo sacerdote incapaz de compadecerse de nuestras
debilidades, sino que ha sido probado en todo, como nosotros, menos en el
pecado. Por eso, comparezcamos confiados ante el trono de la gracia, para
alcanzar misericordia”.